En el mundo y en los tiempos que estamos viviendo, donde el materialismo, la acumulación de riqueza y el individualismo son los ejes rectores sobre los que gira la sociedad, da la impresión de que nos estamos quedando muy cortos en materia de honestidad e integridad.
Dicho lo anterior, reseño aquí, no solo lo relativo al campo de los negocios o las finanzas, me refiero especialmente a nuestro comportamiento general de cada día.
En mi modesta opinión, se pierde la honestidad cuando acudimos a nuestros trabajos por obligación, con desgano y sin entusiasmo, o solo por mera responsabilidad; somos deshonestos cuando violamos las leyes de tránsito, cuando no devolvemos una cartera encontrada, cuando criticamos sin fundamento o calumniamos a espaldas a nuestro prójimo; somos deshonestos cada vez que conscientemente cometemos alguna falta o cada vez que “jugamos de vivos”.
Es muy deshonesta la persona que hace promesas y juramentos que de antemano sabe que no va a cumplir.
En síntesis, al ser deshonestos, perdemos del todo nuestra integridad y la perdemos especialmente cuando nos justificamos ante nosotros mismos y buscamos excusas constantemente para obviar nuestras obligaciones y tratar de quedar bien ante los demás, a sabiendas de que no contamos con los argumentos suficientes que validen nuestro actuar.
Ciertamente, los principios contenidos en la Biblia, el Corán o el Bhagavad-gita también nos enseñan que ambos comportamientos: la honestidad y la integridad, son parte insustituible de la vida de un creyente y no solo de un creyente.
Pero, desafortunadamente, en cuanto podemos, buscamos una excusa, la bendita y siempre a mano excusa, para deshacernos o apartarnos de estos dos pilares del justo proceder.
Al ser los jueces más benevolentes con nosotros mismos, obviamos la autocrítica y nos otorgamos, apenas se nos presenta la oportunidad: “una nueva chequera en blanco” plena de justificaciones, excusas, explicaciones y pretextos.
Por lo general, nuestra formación ética y religiosa es muy frágil y dada esta cotidiana realidad, sentimos impunidad y acudimos a prácticas socialmente aceptadas que justificación comportamientos destructivos como el chisme, el “choteo”, la crítica malintencionada con la que intentamos disminuir a aquéllos que, con justo esfuerzo, honestidad e integridad, escalan en el conglomerado humano del que forman parte.
La honestidad y la integridad son materias que en primera instancia se deben de aprender en la casa, y sin duda alguna, somos los padres, en nuestra condición de educadores fundamentales, los llamados a dar las primeras y las más sólidas lecciones a nuestros hijos e hijas.
Este aprendizaje inicial, del que hablo, es prioritario y es la médula de nuestro futuro comportamiento y es el valor que nos permitirá asumir la vida con responsabilidad y desenvolvimiento en las escuelas, los colegios, las universidades y, posteriormente, en los trabajos. Es, sin duda alguna, el refuerzo para que nuestras relaciones personales de cada día tengan la solidez suficiente que nos ayude a discernir la diferencia entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal, entre lo oportuno y lo inoportuno y de esta manera podamos contribuir a la tan deseada armonía espiritual y social que todos los seres humanos necesitamos.
Es tiempo de Navidad, de recogimiento y reflexión, es el momento oportuno para que hagamos un balance de nuestros actos pasados y si es necesario, asumamos la honestidad y la integridad como valores propios.