Hace semanas, cuando se abrió oficialmente la veda para “cazar” a Benedicto XVI, con aquel artículo de The New York Times, pensé que en la historia siempre se ha cumplido que la sangre de los mártires es semilla de cristianos y que la reacción de los católicos iba a ser una sorpresa para los que impulsaban la campaña. Así ha sido. El propio diario neoyorquino ha tenido que reconocer, a través de un estudio realizado junto a la CBS, que no solo no ha disminuido el apoyo al Papa sino que ha aumentado.
El 59% de los encuestados acusa al periódico de haber llevado a cabo “ataques desproporcionados”, entre otras cosas porque los clérigos católicos implicados en delitos de pederastia son responsables de uno de cada 60 mil de esos delitos y la atención se ha puesto en ellos y no en los responsables de los otros 59 mil 999, lo cual demostraba a las claras que lo que menos les importaba a los organizadores de la campaña era acabar con la pederastia sino que lo verdaderamente importante era acabar con la Iglesia.
El 79% de los encuestados dice que las acusaciones no van a afectar a sus donaciones a la Iglesia. El 87% afirma que no afectará a su asistencia a misa.
Más aún, en marzo, justo antes de que empezara la cacería contra el Papa, Benedicto XVI tenía un índice de aprobación del 27% entre los lectores de The New York Times y tras los ataques ese porcentaje ha subido al 43%. Eso si se tiene en cuenta el conjunto de los lectores, porque entre los católicos practicantes es del 75%, llegando hasta el 91% los que consideran que el Vaticano está afrontando bien la cuestión de los abusos sexuales con su norma de “tolerancia cero”.
El 90% de los consultados concluye, además, que esos abusos no son propios de la Iglesia sino que están por doquier en la sociedad.
Los enemigos de la Iglesia, si al menos fueran intelectualmente honestos, deberían decir ahora aquello del emperador Juliano el apóstata, cuando no pudo acabar con el cristianismo, legalizado años antes por Constantino: “Venciste, Galileo”.