El cambio es el signo de los tiempos para las empresas periodísticas. El Panamá América y Crítica Libre ajustan su junta directiva, igual que La Prensa. Este último, y probablemente otro, cambiarán de directores. La Estrella de Panamá también revisa experimentos novedosos en tierras dominicanas. El Universal estudia cómo dar credibilidad a una línea más moderada y mejorar facturación. El Siglo todavía afina transformaciones profundas. Pero al producto que va dentro de los diarios, noticias y artículos, pocos le paran en serio, como para percibir qué transformar.
El lector suple en el periódico sus necesidades de información y orientación. Pero también busca otra, cuya satisfacción se constriñe demasiado a crucigramas y horóscopos, la de entretención. Existe un acuerdo tácito en qué artículo de opinión y noticia deben ser adustos y secos. Analogías, metáforas, comparaciones, anécdotas, giros que aporten colorido a las notas, parecen ajenos a tales géneros.
Los periódicos dan cabida a plumas de tal enjundia, que desbordan la extensión leíble. Aunque de redacción atildada, transgreden las normas de escritura periodística. Otras veces, la creación, aunque plena de originalidad, resulta demasiado seca y alejada del aspecto entretención, cuando no elitista. Algunos intelectos muestran concentración en la función de orientar, mientras reparan poco en cultivar recursos para atraer y conservar a un lector que tiene en la televisión y radio otras alternativas. Plagan su artículo de máximas que comienzan con debemos, necesitamos, para dar vigencia a una vocación de pontificar que, aunque legítima, aburre hasta a las piedras.
Por su parte, algunos medios disponen de un manual de estilo con sugerencias que, por sortear el transformarlo en camisa de fuerza que coarte creatividad, resulta demasiado general. Muchos saben escribir, pocos escribir con estilo periodístico. Y si el periódico será juzgado por sus artículos de opinión, entonces es su responsabilidad afinar el estilo de colaboradores.
Pero por más que el medio aclare que las opiniones vertidas por colaboradores de opinión no reflejan la del periódico, sus lectores insisten en juzgarlo en función de tales. Escoger qué colaboración publicar queda así elevado a delicado arte. Mas, entre escoger y censurar existe una línea demasiado tenue para unos medios que, para apellidarse de comunicación, requieren dar vigencia al derecho de terceros a expresarse.
Qué publicar siempre es un dilema, primero porque remite a una línea editorial del diario, demasiado etérea. Corrientes moderadas apoyan la supresión de temas que denigran grupos minoritarios y en desventaja, o posturas que atenten contra la ecología, la moral o buenas costumbres. Otros más radicales propugnan porque incluso tal temática obtenga despliegue, mientras enfatizan en el deber de la sociedad de refinar la facultad de escoger del lector, pero manteniéndole el derecho a conocer opciones.
Los medios manifiestan incomodidad, cuando no sacan el cuerpo, a cuanto artículo le airee trapos sucios. Argumentan que publicarlos implica tirar cuchillo al propio pescuezo, premiando la deslealtad del colaborador.
Suprimir lo que aparentemente no conviene, enmascara, además de una tentación autoritaria, una cáscara de guineo. Tal supresión señalaría una valoración exagerada del poder de la crítica sobre la opinión, además de grave atentado contra la libertad de expresión. Quienes viven de criticar a una sociedad imperfecta no pueden negar expresión a los que les señalan propias imperfecciones, mientras abren planas sólo al halago, sin caer en una censura de ribetes interesados y en abuso de poder.
Por otro lado, observamos ventajas en darles todo el despliegue. Lo que dice la prensa es apenas un punto de vista más en la polémica social. La verdad se inclina hacia quien tenga mayor poder comunicacional. Y si alguien dispone de poder para rebatir, es precisamente la prensa. Desplegar artículos que le dan de su propia medicina crítica, mientras transforma la polémica en éxito editorial, hace lucir al medio inteligente y equilibrado.
Los periódicos contratan directores lejanos a la tinta para encargarlos de una organización que concilia arte, comunicación, negocio e industria, y que alumbra un producto distinto cada día. Y, que por último, requiere de ese ser que eleva la cuartilla impresa a medio masivo: y ese es usted, señor lector.
