La mayoría de las personas que se han dedicado a la profesión médica, o a alguna de las ramas de la salud, lo han hecho por la misma razón que los sacerdotes, monjas y maestros: por vocación. Pero me pregunto ¿cuánto, a causa de la vocación, debemos soportar los trabajadores de la salud?
Soy una profesional joven que por diferentes razones, y a pesar de tener una sub-especialización a mi haber, he tenido que experimentar lo que significa trabajar directamente en un cuarto de urgencias. Y puedo decir, con toda seguridad, que esta es una de las mejores experiencias de mi vida. Y lo digo por dos razones: me permite calzar los zapatos de aquellos que reciben al paciente por primera vez con un malestar x, para luego solicitar la evaluación especializada pertinente; y me ha enseñado a valorar más y a prejuzgar menos a los seres humanos con los que me cruzo en el camino. También he aprendido a admirar a un gran número de personas que trabaja de día y de noche, en carnavales, día del trabajo, fiestas patrias, día de la madre, Navidad y Año Nuevo, con un solo fin: ayudar al prójimo.
Sin embargo, también he vivido situaciones que, lejos de ser gratas, dejan mucho que desear y hasta me hacen pensar ¿en verdad vale la pena? ¿Vale la pena arriesgar la vida (o tu integridad personal, en el mejor de los casos) trabajando en un cuarto de urgencias en donde los pacientes si no son atendidos de manera inmediata, sin importar la gravedad de sus dolencias, te insultan y te golpean? ¿Vale la pena trabajar en un lugar en donde llegan pacientes heridos de bala, pertenecientes a diferentes bandas y que a los 15 minutos tu "área de trabajo" se convierta en un pequeño Saigón? ¿Vale la pena dejar de asistir a reuniones familiares, cenas, salidas con tus amigos, idas al parque o a la playa con tus hijos o sobrinos por arriesgar de este modo tu vida? ¿Vale la pena soportar que una persona en estado de ebriedad, y con el rostro casi irreconocible por una golpiza te llame "mami", "mi amor", "reina" o "chichi", denigrando no solo a la profesional sino a la mujer que se sacrifica para ayudarle? ¿Hasta dónde llega la vocación? ¿Hasta dónde debemos tolerar las faltas de respeto de los pacientes, o de los familiares de estos? ¿Qué debemos hacer frente a la agresión, más que verbal, física, que más que dirigida a nuestras obligaciones va dirigida a nuestras personas?
Es triste ver que la sociedad en la que vivimos hoy ha dado un giro de 180 grados con respecto al trato y a los valores cívicos y morales básicos para considerarnos "civilizados". Algunas madres, al saber que sus niños son reprendidos y castigados en la escuela, lejos de averiguar y conversar con los educadores, se lanzan en una cruzada contra estos, llegando incluso a atentar contra su integridad. ¿Cómo, con estos ejemplos, podemos cuestionarnos el porqué un chico de secundaria mata a un profesor? ¿No es ese el patrón que se les impone a los jóvenes?
Muchos critican las costumbres del Medio Oriente y, sin embargo, son iguales o más obtusos que ellos. Ir a golpear a un maestro, luego de que tu hijo se queja de que fue castigado, es decirle: "cariño, ojo por ojo y diente por diente es una conducta aceptable". Al menos, así lo veo yo.
Si bien es cierto que en todos lados se cuecen habas, la mayoría de los médicos de los cuartos de urgencias da lo mejor de sí para atender a la población, y lo menos que a cualquiera le gustaría, o esperaría, es un poco de respeto. No es difícil. Claro que no es grato esperar por ser atendido, sobre todo cuando uno considera que está enfermo, pero la agresión no es la mejor manera de conseguir que alguien le brinde atención. Y qué decir de algunos programas que, en lo personal, tildo de "amarillistas", en los que desarrollan historias basándose en una sola de las partes, contribuyendo aún más al gran abismo que ya se ha creado entre la población y el personal de salud. ¿No creen que es justo que a las 3:00 de la mañana un médico se tome un café o una soda para aguantar el resto del turno? Recuerden que a esta hora la mayoría de los mortales duerme. Entonces, ¿por qué crear sensacionalismo porque un médico cruza a un quiosco a las 2:00, 3:00 ó 4:00 de la madrugada a tomar algo? Créanme, nadie se mueve (al menos no en mi hospital) de su puesto si hay un paciente grave. Nadie.
Considero que soy una persona pacífica, que se manifiesta en contra de la violencia. Sin embargo, no sé cómo reaccionaría si un paciente, o uno de sus familiares, me llegara a poner una mano encima. Quién sabe; tal vez le regrese el golpe; tal vez (y lo más probable) no. Pero, ¿qué me espera más allá de ese incidente? Si considero o, por lo que llamo "naturaleza humana", de hecho regreso un golpe a un familiar o a un paciente que me agrede, ¿que será de mí? ¿Quién me defenderá? ¿Estaré sentada al siguiente día en el banquillo de los acusados y, lo que es peor, seré sancionada? ¿Cuál es el límite entre la vocación y la subordinación? ¿Quién decide cuándo se puede cruzar esa delgada línea?
Para mí, y creo es así para cualquier médico que se haya decidido por verdadera vocación, no hay nada más reconfortante que la gratitud de un paciente o de sus familiares, así sea solo verla reflejada en su rostro reconfortado por lo que has hecho por él (ella). Y no hay temor más grande que ser agredida, más que verbalmente, de manera física, mientras hago lo que más me gusta y lo que decidí hace 15 años iba a ser el camino hasta el final de mi vida: ayudar a los que me necesitan.
Este artículo, que recoge una gran cantidad de frustraciones, pesares y malestares que desde hace un año –fecha en que inicié mis labores en un cuarto de urgencias– vienen atormentándome, es mi llamado a la reflexión de la sociedad en la que vivimos, sin importar sexo, raza, edad, credo, estatus social, profesión o creencia política porque, como ya dije anteriormente, en todos lados se cuecen habas.