Voces del secuestro

El secuestro es un acto tan deplorable y fulminante, que no termina con la muerte o la entrega con vida de la víctima

Quince años iba a cumplir esta niña, pero como no se pudo llegar a un entendimiento, o no se logró la suma que exigían sus secuestradores, el tiempo les hace ver que no valió de nada tanta espera ni tanto pedir que tuvieran misericordia con ella. ¿Qué culpa tiene un ser tan indefenso de los fracasos y yerros de quienes están obligados a protegerla de un sistema que no tiene los recursos ni suficiente testosterona para acabar de una vez por todas con ese infierno? No hay seguridad en este mundo cuando mentes enfermas ven en una niña la oportunidad de hacer efectivo sus propósitos de cumplir con su agenda de muerte. En lugar de una misa de acción de gracias y su vals de 15 años, esta panameñita será entregada a los brazos de Dios por sus padres; y en algún paraje de Colombia otro niño será secuestrado porque esto no lo detiene nadie. El secuestro es la peor pesadilla para una sociedad, por más que se hagan esfuerzos por minimizar esta amenaza no son suficientes, pues te pueden secuestrar por 2 millones de dólares, como le tocó a Daniela, o por menos dinero, pues en las calles se moviliza gente con el oficio de tasar la vida de una persona. Escogen al azar, o meticulosamente lo piensan, pero el final es patrocinar una industria de mercenarios.

Daniela tenía una hermana gemela, iba a la escuela, tenía sus sueños de niña grande, sus planes, dónde está lo malo; todo parecía perfecto, lo tenía apostado a ganar ella junto a sus padres. Cuántas veces no salimos para la calle y dejamos todo pensando que así mismo lo vamos a encontrar. Dejamos nuestros tesoros encomendados y nuestros sueños en un baúl sellado. La mejor inversión, que son los hijos, uno cree que los tiene asegurados con solo pensar en ellos. No me pasa por la mente vivir una experiencia así, no lo soportaría; las imágenes del padre fueron impactantes, el dolor en su rostro no se compara con nada. El dijo que le pidieron llevar documentos de identificación, pues tenían a una niña con características similares a las de su hija, un cuerpo prácticamente irreconocible. Dios le permita encontrar consuelo a ese hombre, le dé paz a esa pobre familia que hoy no encuentra salida al laberinto de la impotencia al sentir que en algo fallaron.

El secuestro es un acto tan deplorable y fulminante, que no termina con la muerte o la entrega con vida de la víctima; el trauma se proyecta por el resto de tu vida. No sé qué es peor, vivir con los recuerdos, que en cierto modo es morirse de a poco, o perder la razón y dejarlo todo, porque ese cargo de conciencia no lo soporta cualquiera. Porque la pregunta recurrente del padre de Daniela debe ser: por qué yo no estaba con ella. Y con el pasar del tiempo uno, como padre, no se logra sacar de la cabeza todo el sufrimiento y se pregunta si vale la pena la vida de esa manera. Es cuando entonces uno oye las voces del secuestro, de los que desaparecen, de los que ni siquiera saben qué se hizo con ellos ni dónde están. De las víctimas que perdidas esperan volver a la vida, que de nada vale llorar y lamentarse, porque esto no tiene final. Que alguien debe hacerle la lucha a estos infames, y quién mejor que los que han sufrido en cuerpo y alma para llevar esta cruzada. Ellos no tuvieron opción, no lo escogieron, además nadie hará nada. A la hora de la verdad es uno el que tiene que dar el paso, de lo contrario los asesinos tienen la guerra ganada. Hay que hacer algo, no puede ser que esto esté pasando; no esperes a que te llamen, y si llegas a escuchar esa voz, es que alguien falta en casa.


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