[ESPÍRITU DE CAMARADERÍA]

Woodstock y el trauma de quienes no lo vivieron

‘Los videos destruyeron la vitalidad del rock’n roll. Antes de eso, la música decía: escúchame. Ahora dice: mírame’, Billy Joel.

¿Se puede añorar algo que no se vivió? Parece que sí. Por lo menos es lo que manifiestan miles de adolescentes y otros más grandes, que no vivieron la época, o no estuvieron en Woodstock el 15 de agosto de 1969.

Woodstock dejó una marca grabada en aquel lugar donde habita la melancolía, y recorrió el mundo. Incluso llegó a la Argentina, donde cuando toca un conjunto, el público imita anacrónicamente el estribillo de los que se reunieron 40 años atrás en Nueva York.

¿Qué conexión existe entre Woodstock y Argentina? Ninguna. Ni cuando sucedió ni ahora. Si bien la música no tiene fronteras, para entender el rock de los 60 hay que saber inglés. El fenómeno socio-cultural hippie fue producto de experiencias norteamericanas, emparentadas artísticamente con las británicas. La explosión psicodélica, la guerra de Vietnam, el auge económico, los nuevos valores sociales y el surgimiento de los baby boomers, son cosas de los americanos. Woodstock fue netamente anglosajón. Pero ni en Estados Unidos se palpa tanta añoranza por algo que los que lo experimentaron simplemente recuerdan como un loco fin de semana. ¿Incongruencia? Tal vez. Una más que hace que en la Argentina haya más psicólogos y gente en terapia que en cualquier lugar.

Woodstock marcó un momento histórico, pero no por ser el concierto más grande. El Festival de Monterrey Pop, dos años antes, en 1967, también fue gigantesco. Y después de Woodstock hubo muchos y más colosales. Lo que marcó la diferencia entre Woodstock y los demás, fue el espíritu de camaradería que existió entre los asistentes, siendo la culminación de una muda conexión entre jóvenes de todas partes que compartíamos la misma frustración generacional y existencial.

Como dijo Tom Constanten, ex tecladista de The Grateful Dead: “Woodstock fue un relámpago en una botella. Creó el sentimiento de comunidad, hizo conectarse a gente que se sentía sola e indefensa”.

Hasta entonces, los hippies de convicción éramos palmeras solitarias en el desierto. Los demás se disfrazaban de hippies para salir el fin de semana, pero no entendían la filosofía ni el misticismo detrás del movimiento.

Ver cómo 500 mil personas convivieron tres días en paz y armonía bajo la lluvia y el barro, con la psicodelia bailándole en las neuronas, hizo que el concepto sobre el uso de drogas recreativas pasara a ocupar un status novedoso. Hoy la marihuana ha sido probada por 43% de los norteamericanos (120 millones de personas). Porcentualmente, más que en Holanda (22.6 %) donde su consumo fue despenalizado hace tres décadas.

Stu Cook, bajista de Creedence Clearwater Revival, que era el acto central del evento, rememora que él y su grupo llegaron del ambiente rockero del área de la Bahía de San Francisco con escepticismo. “Siempre miramos de la nariz para abajo a la Costa Este, nosotros teníamos el Golden Gate Park. Pensamos que teníamos algo especial. Pero en Woodstock vimos que había freaks en todas partes”.

El concierto se hizo visible debido al excesivo tráfico vehicular que atoró las carreteras con un millón de personas, todas tratando de llegar al diminuto pueblo que apareció en el mapa porque autorizó el show en sus laderas.

Woodstock se volvió famoso por el caos, sin víctimas, que ocasionó, como sucedería en Altamont. No había agua, alimentos, ni baños suficientes. Lo único que sobraba eran drogas, y nadie pensó que medio millón de jóvenes con los sentidos alterados podría manejarse sensatamente en ese ambiente.

Los medios importantes mencionaron la noticia llegando a la tapa de la revista Time. De lo contrario hubiese sido nada más que una nota en los periódicos locales de Berkeley y Haight Ashbury. Posteriormente vino la película ganadora del premio Óscar.

El contagioso sentimiento de camaradería duró corto tiempo. La realidad nos hizo retomar la vida como siempre fue y seguirá siendo. The Grateful Dead quiso mantener el espíritu de la época en su constante peregrinar, pero nunca se volvió a sentir aquella singular unión que se dio en un breve e inolvidable momento de la historia del rock.


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