ERRORES IDIOMÁTICOS

‘Hubieron…’: Xavier Sáez-Llorens

Hablar y escribir correctamente da prestancia y credibilidad a la redacción, dialéctica e imagen de cualquier persona. Los errores en lenguaje u ortografía reflejan deficiencias en educación y cultura. Es vergonzoso leer o escuchar comentarios de políticos y periodistas repletos de horrores gramaticales. Como ellos son los que más seguidores tienen, sus faltas se difunden por doquier e incrementan el analfabetismo lingüístico de la población. Una magnífica idea sería obligar a la capacitación filológica exhaustiva de la gente que se dedica a estos dos oficios, antes de otorgarles licencia para utilizar micrófonos o transcribir noticias. Todos debemos honrar a nuestra lengua madre, en especial si participamos en redes sociales o entrevistas mediáticas. Sufro cuando un médico realiza una presentación científica sin tomarse la molestia, por respeto a la audiencia, de revisar cuidadosamente su escritura y dicción. Las faltas idiomáticas graves no solo distraen la atención a la disertación, sino que pueden incluso provocar desconfianza sobre la veracidad de los conceptos técnicos emitidos. Aún peor es que nuestros gobernantes muestren estas falencias en foros internacionales, porque se deteriora también la ponderación académica del país. Citaré algunos de los yerros más frecuentes.

Hay palabras de uso común con significado distinto al pretendido. El vocablo “prístino”, por ejemplo, se emplea erróneamente para describir una cualidad clara, nítida o transparente, cuando en realidad denota primero, antiguo, primitivo u originario. El término “bizarro” se relaciona a valiente, intrépido, galán o elegante, pero es utilizado de manera equivocada para describir algo raro, inusual, atípico o grotesco, quizás por confusión con la voz inglesa bizarre. El verbo “adolecer” significa padecer, sufrir o aguantar, pero es mal usado para describir la falta o carencia de algo. “Superchería” no es sinónimo de superstición, sino de engaño, trampa o fraude. “Severo” en español se refiere a rígido o estricto, mas no a grave. Hay verbos inexistentes que se oyen con periodicidad: “preveer” (es prever), “vertir” (verter), “veniste” (viniste), “forzan” (fuerzan), “satisfació” (satisfizo), “direccionar” (dirigir), “recepcionar” (recibir). Los comentaristas deportivos son especialistas en introducir disparates en sus ruidosas narraciones.

Enredos habituales en la escritura ocurren en la diferenciación entre “haya” (de haber o tener), “halla” (de hallar o encontrar) o “aya” (niñera o nodriza); entre “hay” (verbo haber) y “ay” (interjección expresiva); entre “hecho” (participio del verbo hacer o, como sustantivo, suceso o evento) y “echo” (de lanzar o botar); entre “vaya” (verbo ir o interjección), “valla” (muro) y “baya” (fruto); entre “ves” (verbo ver) y “vez” (ocasión, alternativa); entre “calló” (verbo callar) y “cayó” (verbo caer); entre “haber” (verbo auxiliar: “puede haber vuelto ya”) y “a ver” (combinación de la preposición a con verbo ver: “a ver qué pasa”); entre “yendo” (gerundio del verbo ir) y “llendo” o “iendo” (voces inexistentes); o entre “a” (preposición) y “ha” (verbo haber).

Otros horrorosos deslices incluyen: “hubieron”, cuando lo correcto es “hubo” y “habemos”, conjugación arcaica que debe reemplazarse por “hemos”, “somos” o “estamos”, debido a que el verbo haber es de carácter impersonal cuando describe la presencia o existencia de personas o cosas. “Haiga” no existe, se dice “haya”. Es “hostia”, no “ostia”. Como se puede apreciar, hay mucha confusión en el uso de palabras que se inician con la letra “h”. Conviene recordar, por tanto, que la “h” es muda, pero no invisible.

Una típica construcción desacertada es la frase “en base a” (se debe decir “con base en”). La redundancia es también rutinaria en nuestro medio. No es correcto decir: “mas, sin embargo” (con solo usar “mas” o “sin embargo” basta), “funcionario público” (“funcionario” es suficiente), “mi opinión personal” (“mi opinión”), “te vuelvo a reiterar” (“te reitero”), “lapso de tiempo” (“lapso”), “subir para arriba” (“subir”), “sigue vigente en la actualidad” (“sigue vigente”).

Tropiezos comunes ocurren al confundir “infligir” (causar daño, herir o someter a una pena o castigo) con “infringir” (incumplir normas o leyes), “accesible” (de fácil acceso o comprensión) con “asequible” (que se puede conseguir o alcanzar), “acceder” (permitir, entrar, llegar) con “accesar” (verbo inexistente en español). Otros gazapos cotidianos incluyen el uso del “queísmo” y “dequeísmo”, el distingo ortográfico entre “por qué”, “porque”, “porqué”, “por que” o “porqués” y entre “asimismo”, “así mismo” o “a sí mismo”.

No es “rampla”, es “rampa”; no es “tortículis”, es “tortícolis”; no es “andé”, es “anduve”; no es “demen”, es “denme”. “Perjuicio” (daño moral o material) y “prejuicio” (juzgar de antemano) o “desechos” (residuos) y “deshechos” (verbo deshacer) son conceptos diferentes.

Finalmente, conviene aclarar que la Real Academia de la Lengua ha aceptado el empleo dual de algunos participios: impreso o imprimido, freído o frito, proveído o provisto, como también de varios anglicismos: eslógan, bluyín, fólder, sándwich, bufé, champú, güisqui, béisbol, tuit, tuitear y tuitero. “Twitter”, al ser nombre comercial, debe escribirse entre comillas o en negritas. Aunque “cebiche” es la palabra original en diccionarios, se permiten los americanismos: “ceviche”, “seviche” o “sebiche”. En caso de dudas gramaticales adicionales, la dirección www.rae.es cuenta con un espacio para consultas linguísticas en línea.

Procuro corregir, respetuosamente, cuando me percato de pifias idiomáticas mayores. Muchos agradecen la crítica, algunos solo enmudecen y otros ripostan con agravios. Un insulto con pésima ortografía lo considero elogio porque, como apuntaba el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein, “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”. @xsaezll

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