Los afganos que huyen hacia Paquistán

Soldados afganos trasladan a sus familias hacia Paquistán, pero regresan a pelear contra los estadounidenses

Los afganos que huyen hacia Paquistán
Cientos de afganos huyen diariamente hacia Paquistán.

PESHAWAR, Paquistán. -Oficialmente cerrada, la frontera afgano-paquistaní deja filtrar a cuentagotas refugiados afganos a través de la llamada “zona tribal”.

Sus testimonios reflejan la compleja realidad del Afganistán bajo las bombas.

En medio de la calle, un retén policial y un cartel grande que señala: “entrada prohibida a los extranjeros”. La “zona tribal” es una franja de terreno que corre a lo largo de la frontera entre Paquistán y Afganistán. En esta zona, oficialmente paquistaní, no rige la ley estatal. Allí cada jefe de tribu pashtoun manda en su territorio. Bajo su dominio operan fábricas ilegales de armas, hachís o heroína y escuelas coránicas extremistas. Veinte kilómetros más allá, los taxis esperan toda la noche al pie de la montaña. Los “traficantes de refugiados” están en fiesta desde que Paquistán cerró oficialmente la frontera por miedo a una nueva ola de refugiados afganos que huyen de los bombardeos. Cobran 8 dólares por refugiado a lomo de asno, y 5 por los que cruzan a pie. Una fortuna para las familias que ya han tenido que pagar 15 dólares por persona para salir de Kabul, cuando ganan apenas 3 dólares diarios. Muchos gastan allí sus últimos ahorros y entran a Paquistán con los bolsillos vacíos.

Los testimonios Mohammad es uno de ellos. Acaba de llegar a la casa que alquila su cuñado en los suburbios de Peshawar, con su esposa y sus tres hijos.

No le queda nada. Rodeado por los altos muros de tierra ocre del patio cuenta su odisea. Pasaron varias noches sin dormir, sobresaltados por cada bomba que hacía vibrar la choza familiar en un barrio popular de Kabul. Cada día a Mohammad le resultaba más difícil encontrar frutas para vender en su carreta.

Cuando paseaba por las calles de Kabul, los talibán molestaban al anciano cuando se acercaba a los recintos militares recientemente destruidos. Los talibán, en su mayoría de la etnia pashtoun, reconocían bajo la barba blanca de Mohammad las facciones perfiladas de los tadjiks originarios del valle norteño del Panshir, bastión de la Alianza del Norte.

“No he visto ninguna vivienda destruida, afirma Mohammad, solamente las instalaciones de los talibán y de los árabes. Estos árabes no son del agrado de la gente en Kabul. Son arrogantes y toman mis frutas sin pagarlas. La única víctima civil que conozco es una prima nuestra. Una piedra la hirió en el tobillo, proyectada por una bomba que cayó en un cuartel talibán cerca de su casa”, narró.

No fue el miedo a las bombas lo que empujó a Mohammad hacia Paquistán. Fue el hambre. “No he huido cuando la ocupación rusa, tampoco durante los combates entre los jefes rebeldes, me he quedado cuando llegaron los talibán, pero esta vez he tenido que salir”, confiesa Mohammad, de 60 años, con lágrimas en los ojos.

“No había más frutas en los mercados, hasta el arroz subía de precio. Decidí salir antes del invierno”. Su esposa, con un ligero pañal en el cabello, añade: “Los talibán no dejan a las niñas estudiar, y quiero que mi hija vaya a la escuela”.

También estaba harta de esos religiosos que molestaban a las mujeres que osaban sacar un brazo por debajo de su burka (el velo azul afgano que cubre a las mujeres de pie a cabeza).

Mohammad y su familia pusieron todas sus pertenencias en un cuarto cerrado, dejaron la puerta abierta, y abandonaron su ciudad. Les tomó dos días recorrer un camino que toma seis horas en tiempo normal. “Había bastante circulación -señala Mohammad- buses llenos hacia la frontera y camiones militares de los talibán que venían en sentido contrario”. Algunas personas, sin ningún tipo de recurso, acampaban en la frontera. Mohammad alquiló un burro para traer a su esposa, recientemente operada, y caminó cuatro horas con su familia por la montaña. Tuvo que entregar a los contrabandistas lo que le quedaba.

Soldado talibán Hamed también viajó desde Kabul con su familia hacia Paquistán. Está apurado. No le gustó que el policía paquistaní lo parara a la salida de la zona tribal.

El no tiene tiempo que perder. Viene a dejar a su familia a salvo con otros familiares en Peshawar antes de regresar para luchar contra los estadounidenses. “Es mi deber de musulmán”, afirma Hamed, de 30 años.

“Los estadounidenses han declarado la guerra al islam, y tengo que combatir en la djihad. Ni los ingleses ni los rusos han podido con Afganistán. Los americanos también encontrarán aquí su tumba”, vaticinó.

Asegura que los bombardeos han causado centenares de víctimas civiles. ¿Las ha visto? se le preguntó. “No pero la radio Chariat lo ha dicho, y también me lo han confirmado las personas en el camino”.

Dice que Osama bin Laden “es inocente; no hay pruebas contra él. El ha luchado durante la guerra santa contra los comunistas rusos y además es el huésped de Afganistán. Nuestro código de honor pashtoun nos prohíbe entregar a un huésped nuestro”.

El control policial ha terminado. Hamed sube de prisa y arranca el pick up.

Quiero a Osama Igual que Hamed es Abdullah. Alto, barbudo, camina tranquilamente por las calles de University Town, uno de los barrios privilegiados de Peshawar, quien volverá a Afganistán para hacer realidad su sueño: vivir y morir, si le toca, por la djihad, la guerra santa. Ha oído hablar de ella desde su infancia. Su padre era muyahidín durante el combate contra la ocupación soviética. Pero Abdullah era demasiado joven para combatir. Refugiado en un campo de Paquistán, le tocó estudiar en la “madrasa”, la escuela coránica, durante este período. Allí estudiaba gratis y además le daban de comer.

“Conozco cada línea del Corán -el libro sagrado del islam- de memoria”, cuenta Abdullah, orgulloso. “He venido a Peshawar para asistir a la graduación de un amigo en la madrasa. Voy a visitar a mi guía espiritual, y vuelvo a Kunnar, Afganistán, para luchar contra los americanos”.

Luce su traje tradicional verde olivo como si fuera un uniforme nuevo.

No es agresivo como los jóvenes excitados que gritan en las marchas en Paquistán. Abdullah habla calmadamente, con los ojos perdidos en las montañas afganas que imagina a lo lejos.

Pero sus palabras son escalofriantes. “No creo que Osama bin Laden sea responsable por los atentados de Nueva York, pero si lo es, me alegro de que tantos estadounidenses hayan muerto . Quiero a Osama más que a mi padre. En Afganistán todos lo quieren, y morirán para defenderle. Yo no temo a la muerte. Morir por una djihad es el mejor destino que puede tener un musulmán”, asegura. Varios jóvenes paquistaníes se han parado para escucharle, admirados. Y cuando Abdullah se aleja, uno de ellos dice “tiene tanta fuerza moral que si cae en el infierno, el infierno mismo se convertirá en el paraíso”.

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