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Ahora entendí…

Ahora entendí…
LP/Roberto Cisneros.

Pasan y pasan las semanas, y la pandemia sigue avanzando con paso firme por el mundo, aprovechándose de todas las rendijas que le dejamos los seres humanos. Cada semana que pasa, se acumulan más y más evidencias de que las vacunas (sí, son vacunas) representan la opción más sensata para enfrentar esta distopía que nos ha tocado vivir.

Pero, a pesar de toda la evidencia acumulada, sigue habiendo personas (con la debida reserva del uso del término) que insisten en todo tipo de idioteces para tratar de justificar una serie de conductas irracionales que solamente están sirviendo para empeorar las cosas y enredar más y más el panorama a futuro.

En los noticieros internacionales se encuentran manifestaciones y protestas de quienes se oponen al uso de mascarillas, al distanciamiento físico y al uso de las vacunas. Los de las mascarillas se han inventado que cubrir la nariz y la boca representa una reducción de la cantidad de oxígeno que recibimos y que eso puede tener efectos nocivos a largo plazo. Francamente, no sé si las mascarillas que ellos usan se las estarán poniendo sin haberlas sacado de la bolsa plástica donde vienen empacadas, pero desde hace un siglo, los médicos, enfermeras y personal de todos los quirófanos del mundo, utilizan mascarillas durante muchas horas de forma continua, sin ninguna secuela neurológica o cognitiva.

El otro argumento que les encanta es que el uso mandatorio de las mascarillas constituye una afrenta contra sus libertades individuales y sus derechos humanos. Igualmente, ñarrean que los “pasaportes de vacunación” son violatorios de la libertad de circulación (como si los dueños de un restaurante o teatro no pudiesen definir libremente quién entra o quién no a su establecimiento).

La otra es la pataleta contra las vacunas. Hasta hace una semana, el estribillo era que “son una sustancia experimental”, porque no contaban con la aprobación formal de las agencias regulatorias para su utilización y que solo tenían autorización para “uso de emergencia”. Aparentemente, esto no satisfacía la estricta moral regulatoria de esta banda de pelafustanes, que ahora resultan ser las personas más inflexibles del mundo en cuanto a qué se debe permitir o no “introducir en el cuerpo” de los seres humanos. Obviamente, muchos de estos “líderes de los principios regulatorios” son los mismos que se toman cualquier chicha en un puesto en una esquina o se comen una carne en palito afuera del estadio durante un aguacero, previo a un juego de béisbol. Ahora que la FDA ya le dio la aprobación completa, parece que la quejadera vendrá porque “el proceso fue demasiado rápido”.

En Estados Unidos (que gracias a algunos gobernadores republicanos parece ser el epicentro de la idiotez en lo que a la pandemia se refiere), se ven videos donde entrevistan a los asistentes a estas manifestaciones y es vergonzoso lo que se les escucha decir. Tienen en la cabeza (evito deliberadamente el término cerebro) una amalgama de información absurda escuchada en mensajes de redes sociales e invocaciones religiosas, con locas ideas conspiradoras y de asociaciones que aspiran a controlar el mundo (como malvado de película de James Bond), que nos contaminan deliberadamente con grafeno y que le hacen el juego a la mefistofélica industria farmacéutica. Incluso, la FDA esta semana ha emitido un comunicado que parece escrito para niños de preescolar. “No tome ivermectina, porque usted no es un caballo ni una vaca”. Pero, al mismo tiempo, en algunos estados de los que votaron por Trump (sí, hay una relación directa entre el número de imbéciles y los votos por el bicho anaranjado), se agotó el inventario del medicamento de uso veterinario, pues la gente lo está usando para evitar enfermarse de Covid-19. Esto, a pesar de que esta semana se presentaron números de hospitales en Georgia, Texas y California, donde se demuestra que más del 95% de las defunciones en lo que va del año, son personas que no se han vacunado. En fin, pudiese ser Darwin haciendo travesuras.

Pero en Panamá no nos quedamos atrás. Esta semana circularon videos de cuatro o cinco individuos (no son más), llamando a una “masiva manifestación” para protestar contra la dictadura sanitaria que nos imponen, pretendiendo hacer obligatoria la vacunación, prohibirnos entrar en lugares si no contamos con evidencia de habernos inmunizado o usar mascarillas. Inclusive ese día, uno de esos oportunistas crónicos, al mejor estilo de Donald Trump, se quitaba la mascarilla mientras “agitaba las masas” (eran como 50 personas en la foto que vi) con sus grandilocuentes discursos repletos de sinónimos y palabras domingueras.

El caso es que todo esto parecía no tener sentido. Pero, el viernes, mi teóloga de cabecera (aunque no lo crean) me recomendó leer un pasaje del capítulo 22 del Libro de los Números (al principio creí que se refería al Baldor, pero hablaba de uno de los libros del Antiguo Testamento). Allí, agazapada, encontré una frase que me iluminó por completo: “Entonces, el Señor hizo que el asno hablara…” En ese momento, lo entendí todo…

El autor es cardiólogo


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