Entre 1855 y 1856, la pujante comunidad judía asentada en la ciudad venezolana de Santa Ana de Coro tuvo que abandonar con prisa el lugar al que había emigrado alrededor de 1821, cuando Simón Bolívar decretó la libertad de culto. Su propósito al mudarse de Curazao a la localidad venezolana era establecer una ruta de comercio formal entre el Reino de Holanda y Venezuela.
La crisis inició alrededor de 1830, cuando la población criolla empezó a reaccionar negativamente frente a la bonanza económica que empezaba a mostrar la comunidad judía. Entre ese momento y su salida final en un barco enviado por el gobierno holandés el 10 de febrero de 1856 para rescatarlos, se produjeron crecientes hostilidades, obligaciones impositivas solo para la comunidad judía, ataques, divulgación de panfletos que los acusaban de “la miseria y desesperanza del pueblo” y de “distorsionada avaricia”, entre otras formas de violencia. Según cuentan las crónicas, el odio al extranjero -la xenofobia- tomó carta de naturaleza esos días en aquella localidad que formaba parte de la Gran Colombia, donde “los otros” pasaron a ser los culpables de los problemas económicos que nunca faltan.
Esta historia poco conocida tiene especial relevancia por dos razones. Primero, porque algunos de los descendientes de esos judíos sefarditas expulsados de Venezuela, que habían iniciado su triste diáspora en 1492 con el edicto de expulsión de los Reyes Católicos, terminaron en Panamá. Segundo, porque estos días el mundo conmemora los 75 años del fin de un horror, cuando las tropas soviéticas llegaron al campo de concentración y exterminio de Auschwitz Birkenau, en enero de 1945.
¿Qué puede decirse que no se haya dicho ya sobre lo sucedido durante la Segunda Guerra Mundial? ¿Qué más puede agregarse sobre lo sufrido por judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados y cualquiera que osara enfrentar la desquiciada maquinaria de odio y exterminio nazi? Pareciera que ya conociéramos en detalle toda la atrocidad, el tamaño del espanto y la maldad. Sin embargo, siguen apareciendo nuevos protagonistas -hace solo unos días, por ejemplo, conocí la historia de Andreas Riphagen, ese monstruo holandés que vio en la persecución de los judíos una forma de hacer negocio-, que dejan en evidencia que aún hay detalles que no se conocen, relatos que aún están por contarse, vergüenzas que deben salir a la luz.
Justamente, otro holandés, el actual primer ministro Mark Rutte, hizo hace unos días algo que estaba pendiente: ofreció disculpas por la actitud de las autoridades de Holanda ante la persecución de los judíos durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial.
“Con los últimos sobrevivientes aún entre nosotros pido hoy disculpas… por las acciones del Gobierno de entonces. Lo hago sabiendo que ninguna palabra puede contener algo tan grande y horroroso como el Holocausto… Demasiados funcionarios holandeses llevaron a cabo lo que el ocupante les pidió… En total se hizo poco. Poca protección, poca ayuda, poco reconocimiento”, fueron las valientes y por tanto tiempo esperadas palabras del primer ministro holandés.
Estos días también hemos leído sobre la historia poco conocida de los gitanos que también padecieron los espantos de las teorías de “supremacía racial” que sustentaban las abominables actuaciones de los representantes del Tercer Reich. Fueron los primeros en ser internados en campos de concentración para ser esterilizados y, al final de la guerra, unos 500 mil gitanos habían sido aniquilados.
Pero los nazis no fueron los primeros. En Cuba, los españoles construyeron campos de concentración a partir de 1896, para aniquilar el levantamiento militar independentista. Concentrados y asilados, los cubanos morían de hambre y epidemias. En Suráfrica, los británicos utilizaron similar estrategia durante la Guerra Anglo-Boer, produciendo la muerte de unas 50 mil personas, entre colonos holandeses y negros, en 1901 y 1902. Son solo dos ejemplos de lo que podemos llegar a hacer.
Panamá tuvo también su historia de infamia. Baste leer aquel despreciable editorial llamado “Mejoramiento de la raza” escrito en 1934 por Arnulfo Arias Madrid, entonces un joven médico que ejercía el cargo de Jefe del Departamento de Sanidad y Beneficencia, que se apuntaba con entusiasmo a la eugenesia, tan en boga esos días. El resto es historia patria.
Hoy sabemos a dónde conducen los odios, las intolerancias, el rechazo al otro, al diferente. La historia está allí, hablándonos con claridad, convirtiendo en imperativo el rechazo a los discursos de odio que intentan culpar a los extranjeros de los males que nos aquejan; a los fundamentalismos que pretende negarle derechos a quienes no piensan igual, no viven igual, no creen igual. La historia está allí para mostrarnos dónde termina esa senda. La historia nos previene de volver a la barbarie.
La autora es periodista, abogada y directiva de la Fundación Libertad Ciudadana