De todos los géneros literarios, la novela tiene el atributo de poseer las posibilidades de construir una concepción más general del mundo. Es un instrumento para comprender la realidad, para interrogarla y dudar de ella, si es necesario. Es por eso que el crítico norteamericano Joseph Epstein ha dicho: “Ser educado por las novelas es ser educado en una intensa apreciación de la absoluta variedad de la vida”.
Al momento de leer una novela, se pone en marcha una compleja operación que genera un proceso personal que puede ayudarnos a comprender mejor la realidad. “Al concluir de leer una gran novela, tenemos la ‘sensación’ de haber asistido a una particular visión del mundo y de la existencia, que no resulta tanto de las ideas sueltas que alternativamente hayan emitido sus personajes sino de cierta atmósfera general...”, escribió el novelista Ernesto Sábato.
Las cualidades de una novela pueden ser muchas. Podría ser su composición, la forma en que está construida. También puede ser una propuesta estética, algo lúdica o polifónica. Todo depende del manejo del tema y la trama. La novela puede ser de aventuras, histórica, de ciencia ficción, rural o urbana, fantástica, epistolar, novela negra; incluso novelas filosóficas, de aprendizaje, romántico-amoroso, social, eróticas, psicológicas, de costumbres, de humor y hasta de horror o suspenso; las hay de temas escabrosos o no normativos o temas tabúes, como las novelas sobre gays, por ejemplo. Así es el universo de la novela.
La novela moderna se sumerge en la problemática existencial a través de las actitudes y decisiones de los personajes, sus sentimientos y pensamientos. Los temas en una novela pueden ser muchos. Algunas plantean temas morales, políticos, éticos, filosóficos o sociales. La novela no intenta probar una verdad, ni siquiera sugerirla, solo duda de ella y la cuestiona. Un buen novelista no cae en el pecado de tratar de convencer al lector de que la realidad es tal como el escritor la percibe; su obra no intenta vender ideas o dogmatizar al lector.
El mundo de las novelas, el cosmos que inventa un escritor en una ficción, en muchas ocasiones es el mundo que desearíamos tener o donde quisiéramos vivir. Ya sea porque en ese universo nos identificamos con el héroe o los villanos son castigados y se hace la justicia que en la vida real no vemos. Esto nos sucede con muchas novelas. Y es por eso que nos identificamos con ellas. Muchos especialistas en lectura recomiendan las narraciones porque satisfacen las necesidades que exige el subconsciente.
Mientras el ser humano sea capaz de inventar mundos posibles y recrear la realidad, seguirá escribiendo novelas. La novela seguirá satisfaciendo ese vació que hay en la realidad. La novela permite la posibilidad de construir fuera de la ficción lo que la imaginación propone. Una buena novela es eso: una propuesta que describe una parte del mundo. A veces un mundo que es imposible y otras un mundo que es posible, agradable o desagradable, pero donde los personajes están seguros de que están vivos y son reales.
Guy de Maupassant ha dicho sobre la novela: “El novelista que transforma la verdad constante, brutal y desagradable, para lograr una aventura excepcional y seductora, debe, sin preocuparse demasiado por la verosimilitud, manejar a su antojo los acontecimientos, prepararlos y arreglarlos para complacer al lector, emocionarle o enternecerle”.
El famoso crítico literario Seymour Menton nos dice: “La unidad orgánica de una novela proviene de una idea preconcebida de parte del autor de la visión de mundo que quiere plasmar a través de la selección de un tema, una trama, un grupo de personajes y un conjunto de recursos estilísticos apropiados”.
Mientras que Milan Kundera afirma que: “La novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral. El conocimiento es la moral de la novela”.
Mario Vargas Llosa ha escrito: “El novelista que no escribe sobre aquello que en su fuero recóndito lo estimula y exige, y fríamente escoge asuntos o temas de una manera racional, porque piensa que de este modo alcanzará mejor el éxito, es inauténtico y lo más probable es que, por ello, sea también un mal novelista [aunque alcance el éxito: las listas de bestsellers están llenas de muy malos novelistas]”.
El celebre William Faulkner expresó en alguna ocasión: “Todo novelista quiere escribir poesía, descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, y al volver a fracasar, y sólo entonces, se pone a escribir novelas”.
Julio Cortázar acuñó esta famosa comparación entre el cuento y la novela: “La novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un ‘orden abierto’, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación”.
Carlos Fuentes sostiene: “…el punto donde la novela concilia sus funciones estéticas y sociales se encuentra en el descubrimiento de lo invisible, de lo no dicho, de lo olvidado, de lo marginado, de lo perseguido, haciéndolo, además, no en necesaria consonancia, sino, muy probablemente, como excepción a los valores de la nación oficial, a las razones de la política reiterativa y aun al progreso como ascenso inevitable y descontado”.
La novela siempre buscará la forma de cuestionar al mundo y presentarlo como una posibilidad. En otras palabras: la literatura busca decir lo que no se ha dicho y que el discurso del poder no quiere que se diga. Esa es la misión del arte de la novela.
El autor es escritor
