Sinceramente, ¿qué no he hecho yo por Cartagena, la más bella ciudad colombiana? Es tan grande mi cariño por la ciudad de las murallas, que de pocas cosas me he abstenido a la hora de trabajar por ella.
En Cartagena conocí el mar, hace muchos años, cuando me parecía mucho más azul y más grande.
En Cartagena pasé mi luna de miel, tras desechar posibilidades tan atractivas como la Costa Azul francesa, un viaje por el Nilo Acapulco, Río de Janeiro y las islas del Pacífico Sur. Reconozco que en este caso influyó el factor económico; pero, aunque hubiera tenido la plata, me habría largado para Cartagena.
Por Cartagena me he hipotecado para dar a mis hijos esa sensación única que aporta la vida cotidiana entre las murallas, con el vendedor que pregona la tierra aboná y la palenquera que anuncia sus frutas.
En Cartagena rescaté, reparé y expuse con orgullo un soneto del Tuerto López pintado en azulejos que la dejadez y la ruina habían abandonado en un muro a punto de derrumbarse.
¿Qué no he hecho yo por Cartagena? Fui el primer varón cachaco que cubrió en Cartagena el Reinado de Belleza; me tomaron tanta confianza las candidatas, que se desvestían delante de mí y de su peluquero.
De Cartagena ostento con orgullo la camiseta del Narcobollo, aquel restaurante que asaltaron alguna vez las fuerzas conjuntas de tierra, mar y aire esperando encontrar una caleta de droga y se toparon con una despensa llena de suero, carimañolas y bollo limpio.
Por Cartagena he dictado lecciones de salsa en Quiebracanto, de periodismo en varias aulas educativas y de vallenato en la zona hotelera.
Reclamo el mérito el haber ayudado a escoger a Cartagena como exitosa sede del Festival Hay, y haber contribuido a llevar a él a algunos personajes más o menos conocidos.
Por vincularme más a Cartagena, casé a una de mis hijas con un cartagenero (ha salido bueno el muchacho) y he bautizado a mis nietas en la iglesia de San Pedro.
Por Cartagena he pagado altísimos precios en los restaurantes, he soportado nudos de tráfico y he compartido de manera suicida las mesas de comida con los automóviles que pasan rozando los manteles.
Cuando pensé que lo había hecho todo por Cartagena, me buscan de una agencia de publicidad y me dicen que preparan un comercial sobre el Festival de Cine destinado a circular por internet. Quieren que, por amor a Cartagena, salga en él, como saldrán otros enamorados de la ciudad, y diga que intenté escribir un acróstico a la heroica villa, pero no lo conseguí. El concepto es un poco complicado, pero los productores resultaron muy simpáticos y terminé diciendo lo que me pedían.
Luego me quedó sonando lo del acróstico. Ustedes saben, se trata de esa forma poética en que se inicia cada verso con una letra del nombre escogido, arte en el que los panameños son expertos. Así que tomé unas lecciones con el académico panameño Jorge Eduardo Ritter, distinguido acrosticólogo, y, para volver real lo ficticio, escribí el siguiente poema a Cartagena de Indias:
Cual colombiana síntesis poética
Alta eres tú de piedra pensativa
Rincón noble de abuelo a la deriva
Telúrica, calórica y ascética.
Ah, del oriente en el confín profundo
Goletas vemos en tu mar amigo.
Esta rosa del viento fue testigo
Numerosas veces de tu nuevo mundo.
Atropellada por la arena suelta
Dormida, así, en la playa, no estuviera
Echada al sol con la mirada fiera
Indiferente, fantasmal, esbelta.
Nos parece atisbar entre tus parias
Dos lánguidos camellos periqueros.
Invitoos a venir con gentes varias
Aunque acusen mis versos lastimeros
Sospechosas influencias literarias.
