Me encontré varias veces a Jorge cuando hacíamos cola para comprar el pan. Hablábamos de fútbol, de geopolítica, de bioquímica; en fin, de las cosas que hablamos los hombres. Un día le pregunté qué hacía, y me contestó:
–Soy depilador en cera.
Y me extendió una tarjeta de negocios.
Al día siguiente me acerqué discretamente a la dirección de la tarjeta y descubrí que era una sala de belleza donde ofrecían peinados y tratamientos de belleza. En un tablero, al lado de estos servicios, aparecían los oficios de Jorge: “Cera fría. Enteras, Medias, Axilas, Ingles”.
Mi mujer, que me acompañaba, tuvo a bien confirmar lo que yo imaginaba horrorizado. Es decir, que la cera fría es un procedimiento por el cual se depila a las señoras a fin de eliminar el vello sobrante.
Le mostré la lista de presas y precios.
–Media (me explicó mi mujer) es la pantorilla. Entera, la pierna entera. Axilas, bueno, pues lo que dice la palabra.
En ese momento me asaltó el fatal presentimiento sobre lo que seguía. Aferrándome a una esperanza absurda, le pregunté por qué enseñaban inglés en una peluquería y me dijo que no fuera estúpido.
–Ingles, no inglés. Con acento en la i.
–¿Quiere decir que depilan allá abajo con cera fría?
–Exacto. Y no sólo con cera fría. También con cera caliente, cuchilla, máquina eléctrica, electrólisis y hasta rayos láser. Si no, ¿cómo se pone una el bikini?
Preferí no imaginar a mi mujer en bikini, para que no tener que suponerla torturada por la cera. Supe entonces que muchas damas se rasuran lo inmencionable, revelación para la que no estaba preparado.
Me pareció escandaloso que la industria cosmética llegara hasta tan privadas fronteras y las señoras tuvieran que reservar ahora un presupuesto para semejantes trabajos de jardinería. Luego me enteré de que algunas se mandan depilar formas geométricas e incluso corazones.
–Esto es inconcebible, dije a Jorge cuando me cité con él para expresarle mi encendida protesta. Vaya y venga un discreto pespunte para acomodarse un bikini o una tanga. Pero lo demás es vicio. Un atentado contra la naturaleza, un nuevo ataque del capitalismo para crear complejos a la mujer y luego solucionarlos sacándole plata. Ya lo habían logrado con los ojos, el pecho, los labios, las uñas. Después inventaron los tatuajes y los pírsines en la barriga y en la nariz. No se detienen ante nada estos miserables.
Ahora están acomplejando a la mujer con su más reservada intimidad. ¿Qué imaginan los traficantes de la belleza? ¿Qué las señoras necesitan mostrarle todo a todo el mundo? Para crearles el complejo de las ingles hay que tener una mentalidad muy pervertida y pensar que el cuerpo femenino es una vitrina hasta en sus más recónditos lugares.
“Pero si son ellas mismas...”, intentó defenderse Jorge.
–Nada de eso. No son ellas mismas: es la industria, es la globalización, es usted, es todo este aparato mercantil que ha inventado semejante profanación. ¿Con qué propósito? Con el de convertir a las mujeres en máquina de comprar, en objetos uniformes sin diferencias ni personalidad, en cosificarlas. Entiéndalo: la depilación de ingles cosifica. ¿Por qué cree que también cortan el pelo al rape a los reclutas? Para que todos sean idénticos y obedezcan. Luego les asignan un número: los vuelven cosas.
Jorge, agobiado por el complejo de culpabilidad, terminó por aceptar que yo tenía razón. Confesó que diariamente cometía el crimen de depilar la intimidad de una docena de mujeres, algunas de ellas modelos y artistas. Se sintió convertido en vil herramienta para una vejación monstruosa, para un atentado contra la peculiaridad femenina. Finalmente, me prometió que el 31 renunciará.
Buen dato, porque el 1º yo presentaré a la peluquería mi hoja de vida. Si alguien tiene que hacer este trabajo espantoso, mejor que lo haga alguien con conciencia, como yo. Estoy dispuesto a sacrificarme.
