A las madres

Ausencia

Hablaba con uno de mis alumnos sobre las fuerzas que empujan a un personaje a volver a su lugar de origen, al escenario abandonado, cuando sonó el teléfono con prefijo panameño y el número de mi hermano: “mi mamá ha fallecido”, no me lo podía creer, y mi hermano me confirmó lo dicho: “mi mamá ha fallecido”.

Ante la ausencia de un ser querido, comienza la contabilidad de las primeras veces: primer cumpleaños que no está, primera Navidad, primer día de la Madre sin ella. Se van sucediendo hitos que uno enumera, donde la ausencia habita y se tiñe de sombra el camino que hay que seguir transitando.

Cuando pienso en mi mamá, me encierro en el poema de Luis García Montero, Madre: “Hoy te recuerdo así, /como los días sin colegio, /bandera hermosa de un país difícil, /lluvia delgada de los sábados. /Nunca guardaste mucho para ti. /Ni siquiera una noche, /una ciudad o un viaje. /Tu tiempo se sentaba en nuestra mesa/y había que partirlo/como el pan, /entre tus hijos y tu miedo.”

¡Es tan terrible la irremediable ausencia! Sólo la literatura es capaz de hacer volver a quienes queremos, es la única que puede mantenerles vivos en la memoria de letras y desvelos. Porque recordar desvela, y es la mejor lucha que podemos librar contra la ausencia. Y sueño con su voz, tan viva, tan diciéndome, tan nombrándome.

Y me persiguen, siempre, estos otros versos del poema: “y a tu lado me busca/esta vieja nostalgia de ser bueno, /de no ser yo, /de conocer al hijo que mereces”. Mi mamá escuchó estos versos y no estaba de acuerdo: Mamá siempre levantándome de mí mismo.

Ella disfruta de la presencia del Señor, de la promesa que le hizo. Aquí me quedo con su ausencia, con sus recuerdos, y con la esperanza cierta de que nos veremos y no habrá ausencia que hiera, ni que hiele, ni quebrante.

El autor es escritor

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