Vivimos en un país en el que históricamente la devaluación monetaria ha sido negada permanentemente por el gobierno. Las conquistas salariales y de entorno laboral no son aumentos reales sino burdos alcances para emparejar la inflación y el avance de la tecnología. Para conseguirlo, los empleados públicos solo han tenido un camino: huelga con negociación. Los acuerdos más inteligentes han previsto aumentos y mejoras escalonados para evitar la repetición de los hechos. Tuve la grata experiencia de vivir un año de internado médico en Puerto Armuelles, donde conocí a fondo lo que puede ser el paraíso o el infierno verde, dependiendo de las circunstancias.
Los sindicatos bananeros siempre estuvieron al día en conseguir el más mínimo detalle para compensar las asperezas del trabajo: el acecho de las culebras, la dermatitis por chinche, la intoxicación con “Mocap”, el lipoma dorsal de los conchadores, el calor infernal y el entorno infinito invariable de “verde con verde alrededor de verde” que puede hacer perder la razón al que no esté acostumbrado. La empresa, por otro lado, se encargaba hasta de cambiar los focos quemados de las casas que proveía; dejaba cargas enteras de banano a merced del público si los barcos no llegaban a buscarlas puntualmente; los servicios médicos eran universales y de primera calidad.
Corría agosto de 1978 y los galenos estábamos envueltos en una huelga nacional reivindicando mejoras de todo tipo. Como el personal médico vivía en su mayoría en un pequeño barrio adjunto al hospital, nos reuníamos a diario para mantenernos al día de los acontecimientos. La atención clínica y quirúrgica de urgencias se mantenía las 24 horas con un servicio rotatorio de turnos. Sin embargo, la consulta externa y las incapacidades habían cesado.
Sin certificados de incapacidad no se podía dejar de trabajar en las fincas porque no se pagaba. Los tres días de incapacidad que el “miao de chinche” traía por decreto dejaron de expedirse. Esa dermatitis herpetiforme que dejaba el insecto al entrar en la bota, a veces era recibido con beneplácito e inclusive por invitación. El “Hermano Sindicato”, el “Compañero Sindicato”, el “Reivindicador Sindicato” comenzó a impacientarse. En lugar de darle apoyo a este grupo de trabajadores que luchaba por algo más que conquistas salariales ante una dictadura militar, recibió órdenes de presionar en contra.
Una noche recibimos la amenaza de que si no volvíamos al trabajo regular nos iban a incendiar las casas. Al día siguiente recibimos la visita urgente del director del sistema integrado de salud de Chiriquí, quien procedió a coordinar la evacuación de nuestras familias y de aquellos que no estuvieran prestando servicios en turnos. Varios y largos días se pasaron en David nuestros refugiados hasta que el fósforo sindicalista bananero se apagó con el final positivo de la huelga nacional.
