Jaime A. Porcell Alemán
En sus 120 años de vida, el bolero, ese melodrama latinoamericano de celos, engaños y odios, amalgamados en una voluptuosa locura de amor, se las ingenia para amoldarse a cada coyuntura. Supo responder al cha cha cha, pachanga, mambo, peregrina, jala jala, boogalo, twist, todos estrellas fugaces. Aunque transita por tres siglos distintos, hoy, ante una juventud que vive a velocidad de internet, imposibilitada de dar serenatas a una damisela que habita allende el primer piso, que tampoco reconoce más guitarra que la sintetizada, el género pide oxígeno mientras reclama Un poco más, y a lo mejor nos comprendemos luego.
El término es como aquella historia pueblerina, que va cambiando según quien la cuente. Para una Real Academia de la Lengua que no pierde la costumbre de ir rezagada, significa mil cosas, sin que alguna suene a nuestro bolero. En España, indica al ausentista, al mentiroso, un baile agitado con castañuelas, y hasta una chaquetita. Acá en Latinoamérica: sombrero de copa (Guatemala), hasta un humilde limpiabotas (México).
El bolero resulta hijo de la era republicana, de negros cubanos que saludan la libertad allá por 1880. Sobrevive censura, dictaduras militares y civiles, crash de la Bolsa, y de múltiples depresiones económicas. Pero el neoliberalismo propicia una urgencia competitiva descarnada que no rima con la sensual lentitud de aquel.
La mestiza Latinoamérica de piel canela pare su canto entre efluvios de aguardiente y tabaco. Destacan el trágico tango, el viril mariachi, la chispeante cumbia, animosos valses y pasillos, y hasta el rítmico y contagioso son. Mas solo a esa música, bailable en un solo ladrillo, le cabe el honor de rodar desde New York hasta Tierra de Fuego, mientras arraiga en más corazones que ninguna otra. ¡Que levante la mano quien no haya bebido, vivido, bailado y vibrado por y con el bolero!
El insurrecto anima a las parejas a encontrar mejillas, musitar canciones al oído y aspirar perfumes. Mas su poesía privilegiada y popular propone una sociedad regida, no por la melancolía, menos por el oro. Pone en el centro de su universo a algo más evanescente y universal, que exhala el crujir del pantalón sobre la falda en aquel abrazo estrecho que propicia su cadencia lenta: el deseo.
Siempre galante, da avenida a unas apetencias expandidas, te amo con suprema idolatría, y al delirio fogoso de un amante que ordena y ruega bésame mucho. Resulta así la mejor coartada para transgredir reglas sociales. Pero como insurrección romántica que es, deberá enfrentar censura, dejando huellas de que caminan nuevas formas de amar, o quizás solo se acentúan.
Muy seriamente se discute la influencia perniciosa de esa galaxia llamada Agustín Lara con sus metáforas morbosas al estilo de Tus senos de mármol. O aquella otra de La última noche que pasé contigo, de Bobby Collazo, o Juan B. Tarraza, quien preconiza que Y bajaré mis labios hasta donde me espera el beso más ardiente. En la España franquista, la emprenden contra Ansiedad, popularizada por Nat King Cole. Y aunque de textos elípticos e insinuantes emanen aromas que no admiten dudas sobre la referencia sexual, hoy suenan a canciones de cuna, en un contexto donde, al primer compás, un apresurado compositor ya desnudó y acostó a la damisela.
Canto que fabula historias de amores y deseos, febril rueda a México y Puerto Rico. Pero viaja, antes que en académicas partituras, en los bagajes de trovadores populares, dispuestos a recoger en el alma los pedazos de vida que encierra su encanto. Impulsado por la naciente radio, en esas tierras verá días de gloria en las fecundas manos de Agustín Lara (Solamente una vez), quien canta a esa devoradora que fue María Félix su exquisita María Bonita, de Roberto Cantoral (Reloj, El Triste), Bobby Capó (Piel Canela, Poquita Fe), Rafael Hernández (Preciosa, Lamento Borincano), Pedro Flores (Amor Perdido, Despedida).
Una vez allá, bastaría nada para que el resto de la topografía de Latinoamérica estallara de boleros, en donde Panamá brillaría. Nunca exportamos intérpretes, ni siquiera la sublime Marta Estela Paredes, no así nuestros compositores. Hasta acá vendrían las estrellas de la época, urgidos de las composiciones de Avelino Muñoz (Irremediablemente solo, Maldición gitana); Carlos Eleta Almarán (Historia de un amor, Un secreto); Arturo Hassán (Soñar, Mi último bolero); Ricardo Fábrega (Taboga, Panamá Viejo) y del cubano-panameño Tony Fergo (Luna Lunera). Los criollos no escaparán de la epidemia de motes que invade, y si por aquellos lares aparecen Chuchos, Kings, Billos, Titos, Cheos, aquí ripostamos con Gagos, Chinos y Tonys.
Además de ese acto de alevosía romántica masculina que era hasta entonces el bolero, la modernidad apareja la liberación femenina. No tardará en desbordarse la musicalidad de las bellas Consuelo Velásquez con su Bésame mucho, compuesta a la precocidad de dieciséis años; Isolina Carrillo (Dos Gardenias) y la cubana Marta Valdés (Tengo, No te empeñes más).
Hoy se reedita, no con demasiado brío, en las plumas de Juan Luis Guerra (Burbujas de amor), de los cubanos Silvio Rodríguez (Unicornio azul) y Pablo Milanés (Para vivir), y del panameño Rubén Blades (Silencio). Pero para nuestros jóvenes apurados y de modesta cultura literaria, el mensaje sensiblero de un bolero que perdió su carácter subversivo, pareciera demasiado reposado e insípido, como para responder a los requerimientos de la competencia desaforada y a la gigavelocidad. Gravitan así, hacia la agitada salsa, que no exige aquella sensibilidad exquisita, y hacia un reggae y rapp, de textos de vulgaridad alevosa.
Mientras, entender cómo se las arregla la generación digital para enamorar sin invocar al bolero, arrullada por reggae, cuyo último hit salido de aquella caligrafía liberada y postmoderna se intitula La que me quita mi marido, paca paca, supone para mí cortedad, misterio insondable.
