En busca del alma perdida

El fuego, el aire, la tierra y el agua eran no solo elementos naturales básicos, sino que además resultaban tan necesarios que no podían ser otra cosa que seres o bienes sagrados

Juan Carlos Ansin En su libro El hombre moderno en busca de su alma, Jung trataba de establecer la importancia que tiene el hecho de carecer, el hombre actual, de una mitología que, en opinión de M. Eliade, se ha perdido con la ruptura producida por la aparición -en épocas relativamente recientes de la humanidad- de las tres grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. A partir de entonces, pareciera que el hombre ha iniciado, a los manotazos, la indefinida aventura de reencontrarse con su alma. Entendiendo por alma aquella parte del espíritu humano que toma conciencia de su propio ser. Los cientificistas, los materialistas, los ateos y sus variantes, acostumbran a llamarla psique.

Paul Diel, prestigioso psicoanalista francés, afirma que todo mito y, por ende, toda mitología, no es más que la representación de un drama humano condensado. Pero para que dicho drama tenga su representación en el mito, este debe poseer sólidas y profundas raíces, no ya en el símbolo que lo representa, sino en la misma historia de la evolución psíquica. Un hombre o un pueblo que se perciben débiles, carentes de ese fuego interior que impulsa el ánimo, necesita siempre de un héroe; si no lo tiene a su alcance, por lo general, él o la historia lo inventan. El mito del héroe, ese arquetipo del que está preñada la historia y la literatura universal -desde el formidable Hércules, pasando por Ulises, hasta el libidinoso Don Juan- forman parte de un cuadro interior incompleto. El mito del héroe pues, no es más que la representación sublimada de una carencia a menudo dolorosa.

El hombre primitivo, creador, dueño y señor de mitos, no tenía una historia social ni cultural previa. Tampoco tenía una historia. Él en sí mismo era la historia y él era también la humanidad. Pero nunca tuvo conciencia de ello sino hasta que miles de generaciones de sus descendientes decidieran contar sus emociones, sus pensamientos y sus costumbres o intentar, al menos, descifrarlas. Apenas tenía intuición, la suficiente para percibir muy en los albores de una racionalización primitiva, que esa toma de conciencia representaba el tener que aceptar dos grandes descubrimientos; que él era uno en sí mismo y, además, que no estaba solo en el mundo. La transformación del hombre individual en un sujeto gregario determinó el inicio de la historia. En un principio esta nació confundida con la literatura, especialmente con la epopeya, cimentando así los rudimentos de la primera poesía. Mucho más tarde se confundió con el cuento. Filosofía, historia y literatura fueron en los inicios una sola cosa. La extraordinaria importancia que desde entonces tendrá la palabra en el acontecer del desarrollo intelectual y los peligros que su mal uso -y abuso- esconde, ha sido capital. Bachelard nos recuerda: “Una palabra que se deforma: he allí un dios de más”. Debiera agregarse que la ausencia de un símbolo resulta siempre en un dios de menos.

Recién cuando el hombre primitivo toma conciencia del bien y del mal y que puede y debe escoger entre uno u otro, comprende por vez primera que es un ser libre, y al mismo tiempo, esclavo de sí mismo y de su díscola naturaleza; pues sabiendo ya lo que es bueno, inexplicablemente opta por lo malo. Esta percepción de la perversidad propia es el germen de un sentimiento de culpa que ya no le dejará vivir en paz consigo mismo. Germen que solo las religiones monoteístas explotarán hasta la saciedad y, a menudo, hasta provocar la alienación de grandes sectores en busca, ya no de las almas puras, sino que alimentará además la persecución y eliminación de otras almas consideradas impías; es decir, las que rinden tributo a ídolos y dioses distintos. Esta compleja contradicción, la de una esclavitud condicionada por el ejercicio de la libertad, se explica por la misma razón que hace de la sombra una condición esencial de la luz. Eric Fromm lo analiza sesudamente en su famoso libro El miedo a la libertad.

El fuego, el aire, la tierra y el agua eran no solo elementos naturales básicos, sino que además resultaban tan necesarios que no podían ser otra cosa que seres o bienes sagrados. Al buen dios el hombre lo comenzó a alabar ofreciéndole fiestas y enseres valiosos. Al dios del miedo, en cambio, le ofrecía sacrificios para aplacar esa ira sagrada despertada por aquella perversión primigenia. Los sacrificios humanos, como la inmolación ordenada por un dogma de fe, son una forma arcaica de ese primordial temor a Dios y se refleja en la búsqueda del paraíso prometido; símbolo de ese perdón divino.

Entre las brumas de un presente incierto y a menudo indescifrable, y de una historia prácticamente ausente, el hombre primitivo fue encontrándose con su alma y le fue dando forma. Al principio una forma muy parecida a la de sí mismo. Sus dioses eran casi de carne y hueso y sufrían y gozaban con las mismas cosas que también a él le hacían padecer o disfrutar. Por aquel tiempo su espíritu reflejaba perfectamente la imagen de su alma. La gran contradicción que ha ido separándolos fue el advenimiento del monoteísmo. Consecuentemente cada tribu se adueñó de ese dios único. Aún hoy, judíos, cristianos y musulmanes creen ser, cada uno, el pueblo elegido por Dios.

Los japoneses profesan una religión politeísta: el shinto. No necesita de teólogos ni de eruditos. Todo lo bueno que existió en el mundo, en especial los antepasados, tiene allí una sencilla representación sagrada. Lo malo pertenece al hombre, no a los dioses. La luz, el mar, las mariposas y las luciérnagas son criaturas de otros seres, similares a los arquetipos platónicos, de cuya representación resultan ser, a la vez, lo que una sinécdoque suele ser para la gramática.

Todo esto lleva a concluir que si volviéramos a revaluar el mito primitivo y a reinterpretar dioses menos complejos y más cercanos al hombre: ¿podría quizá nuestro espíritu, por fin, hallar su alma errante? ¿Se podría tal vez borrar la culpa primigenia fundamentada en la creencia de quienes se atribuyen el patrimonio de ese dios único, visto e interpretado de tan diversos modos, y a veces tan distante, como el alma perdida de sus criaturas terrestres?

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