Otra vez los panameños nos preparamos para afrontar un proceso electoral, en el ejercicio de nuestra democracia. Este periodo preelectoral debería ser la oportunidad para que nuestros más probos ciudadanos, los que realmente están comprometidos con el bien común, nos presenten sus argumentos serios y viables, sus proyectos –locales o regionales– tendientes a mejorar la calidad de vida de cada uno de los panameños y enmarcados en una política nacional inspirada en el más genuino concepto de la democracia: gobierno para y por el pueblo.
La realidad y la experiencia nos dicen que podría tratarse de otra oportunidad perdida.
Inmersos en el febril desasosiego que las jornadas electorales causan a muchos de nuestros conciudadanos, y con la “moda” de las elecciones primarias, con lo cual la contienda se adelanta casi un año. Así salen a la luz pública toda clase de candidatos que aspiran a diversos puestos y termina siendo tal la confusión, que el ciudadano común y corriente pierde de vista, muchas veces, las propuestas de unos y otros.
Las promesas –que difícilmente cumplirán– se diluyen en ese ir y venir de extraños, que de repente se han convertido en nuestros amigos, vecinos, defensores; en definitiva –así quieren hacerlo creer– en nuestra esperanza.
En este amplísimo desfile de personajes de toda índole, llaman la atención los cínicos, que sin trayectoria alguna en el campo de la solidaridad social, la vida comunal, sin ninguna buena obra por la que se les pueda reconocer, y peor aún, sin un visible código ético y moral, se lanzan a la campaña con la esperanza de que las masas votantes crean sus falsos discursos y les den ese voto de confianza que muchos no se merecen.
Sería bueno que un día, cuando alcancemos la madurez política, dejemos de mirar las coyunturas y nos preguntemos (y le preguntemos a estos candidatos) cuál fue su trayectoria; qué cosa buena han hecho para convencernos de que pueden gobernar o gestionar recursos en pro de la comunidad, de la provincia, del país; cuáles son sus credenciales para presentarse como la respuesta a los problemas de nuestro diario vivir; qué sacrificio ha hecho por el pueblo para que ahora ese mismo pueblo le elija; qué hechos lo respaldan para que confiemos en él.
Serán muchos los candidatos que no podrán responder a estas interrogantes de manera satisfactoria, porque su único respaldo es la membresía en uno u otro partido político con el consabido oportunismo de siempre.
Ojalá pronto lleguemos a ese grado de madurez democrática para que las cosas empiecen a cambiar. Que no nos confundan las promesas.
