[HISTORIA]

Los cambios que derribaron el muro

El ex disidente germano-oriental Gerhard Poppe recuerda que los acontecimientos en Polonia, Hungría y Checoslovaquia preludiaron los cambios que derribaron el Muro de Berlín.

Cuando el mundo celebre mañana el vigésimo aniversario del derrumbe del comunismo, la atención se centrará en el Muro de Berlín, su símbolo por antonomasia. Pero mientras que las miradas se dirigirán a Berlín, donde, entre otras cosas, se construirá un gigantesco juego de dominó para escenificar el efecto en cadena de la caída de los regímenes comunistas, muchos de los que vivieron bajo el comunismo resaltan que las semillas de cambio fueron sembradas en otro lado.

El ex disidente germano-oriental Gerhard Poppe, de 67 años, recuerda que los acontecimientos en Polonia, Hungría y Checoslovaquia preludiaron los cambios que derribaron el Muro de Berlín. “En Polonia había signos de que estaba cambiando todo el sistema”. Los años 60 y 70 en Polonia estuvieron caracterizados por revueltas obreras, protestas estudiantiles y una importante manifestación en 1970 contra el aumento de los precios de los alimentos, durante la cual las fuerzas de seguridad mataron a 44 trabajadores de astilleros.

El ascenso del movimiento sindical Solidaridad y su emblemático líder Lech Walesa atrajeron la atención del mundo a las luchas prodemocracia en Polonia. Walesa encabezó las protestas en los astilleros de Gdansk y fundó el primer sindicato libre de Polonia en 1980. El artífice de la transición pacífica del comunismo a la democracia sería elegido presidente del país en 1990.

Pese a la ley marcial y a las intimidaciones del régimen, miles participaron en la lucha de Solidarnosc, desde los jóvenes que repartían panfletos ilegales en los suburbios hasta los líderes del sindicato.

La lucha por la democracia en Polonia alentó a su vez a los grupos opositores en Hungría, donde el comunismo había aflojado su tenaza ya en 1968.

En 1981, los intelectuales disidentes húngaros siguieron el ejemplo de los polacos para lanzar un diario clandestino, el Samizdat, que dio voz a la resistencia al comunismo. Los movimientos clandestinos de oposición se fueron consolidando para tomar la forma de organizaciones políticas. En la reinhumación de Imre Nagy, el líder de la fallida revolución antisoviética de Hungría en 1956, el joven líder estudiantil Viktor Orban demandó la retirada de las tropas rusas de Hungría.

El camino fue más espinoso en Alemania Oriental, donde el Gobierno se resistió durante mucho tiempo a ver los cambios que se estaban gestando en el resto del bloque oriental.

Pero no así los disidentes germano-orientales, que seguían con atención lo que ocurría en Polonia y Hungría. “No vivíamos en la luna”, dijo Poppe. En Berlín Oriental, donde residía, todo el mundo estaba informado de lo que ocurría a través de la televisión de Alemania Occidental. Alentados por los acontecimientos más allá de la frontera, el movimiento opositor comenzó a crecer en el marco de reuniones en casas particulares.

Las iglesias de Alemania Oriental desempeñaron un papel clave al dar espacio a los mitines, mientras que las publicaciones de Samizdat posibilitaban la comunicación entre los grupos. Una ola creciente de gente joven queriendo escapar de Alemania Oriental se sumó a la presión política. Decenas de miles aprovecharon la apertura de la frontera con Hungría para salir a Occidente o se refugiaron en las embajadas germano-occidentales de Varsovia, Praga y Berlín Oriental.

“Todos pensamos en algún momento en dejar el país”, cuenta Poppe. “Pero estaban los que querían irse y los que querían cambiarlo desde dentro”. Mientras que los polacos celebraban las primeras elecciones libres y los alemanes orientales deseosos de emigrar votaban “con los pies”, los dogmáticos líderes de Checoslovaquia mantenían la línea dura frente a un movimiento de resistencia encabezado por intelectuales y artistas.

En 1977, la detención de la banda checa de rock Plastic People of the Universe fue el detonante para la formación del movimiento de derechos humanos Carta 77. Los firmantes de aquella carta, entre ellos el dramaturgo y posterior presidente de la República Checa, Václav Havel, fueron perseguidos. Perdieron el trabajo y sus hijos no pudieron estudiar.

Mientras que millones en Polonia se sumaban al movimiento Solidaridad, en Checoslovaquia habían firmado a finales de los 80 unas 2 mil personas la Carta 77.

El Gobierno checoslovaco intentó aplacar el descontento otorgando préstamos y ayudando a las familias, pero sin gran éxito. La economía dirigida era ineficiente y la gente quería adquirir productos del Oeste que no estaban a la venta en las tiendas socialistas.

Jiri Fiedor, un artesano que fue perseguido por organizar exposiciones y festivales musicales, firmó la Carta 77 en 1988. “Los cambios estaban en el aire”.

En enero de 1989, manifestantes protestaron durante una semana en la Plaza de San Wenceslao en Praga para recordar a Jan Palach, un estudiante que se había inmolado dos décadas antes. “Cinco años antes no hubieran dejado que la gente se reuniese en la Plaza de San Wenceslao, día tras día, semana tras semana”, recuerda Fiedor.

Las noticias que llegaban de los otros países del bloque sirvieron de aliciente a los disidentes en Alemania Oriental como Poppe.

El 9 de octubre, 70 mil descontentos marcharon por las calles de Leipzig después de las oraciones por la paz en la Iglesia de San Nicolás para pedir democracia y libertad para viajar. La protesta fue creciendo hasta que más de un millón inundó el centro de Berlín Oriental el 4 de noviembre, cinco días antes de la caída del muro. “Sabíamos que la presión era tan grande que nos serviría también a nosotros. Finalmente, desembocaría en la caída del muro, pero en aquel momento ni remotamente sospechamos que llegaría a eso”.

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