Cuando era niño, el mercado era diferente a lo que es hoy. Se trataba de algo concreto y variado, un objeto que se podía tocar y probar, y no una entidad abstracta e intangible, como ahora. Dios estaba en la iglesia y el mercado en la plaza. Ahora el mercado es dios de su propia iglesia. Cuando era niño, el mercado era mucho más sosegado que ahora.
La gente iba al mercado; el mercado no iba a la gente. Además, la gente se comía el mercado; el mercado no se comía a la gente.
Cuando yo era uno de esos niños que devoraban el mercado entre hoy y mañana, a nadie le interesaba lo que pensara el mercado, sino lo que podía pensar la gente sobre él. De hecho, el mercado no pensaba. No tenía por qué pensar. El mercado era un surtido de alimentos, yerbas, utensilios de cocina, prendas de vestir, flores y otros objetos –jaulas, alpargatas, ratoneras, zurriagos-- que se disponían encima de costales o se exhibían en cajas.
Se ofrecía el mercado en plazas y centros de abastecimiento grandes y pequeños. Era preciso negociar el mercado con los y las comerciantes que ofrecían mercancías de su propio cultivo. La marchanta pedía un precio, el cliente decía que estaba muy caro, la marchanta le echaba la culpa al costo de la vida y al final encontraban una cifra equidistante y se producía la transacción.
La marchanta metía las monedas entre una bolsita percudida y guardaba luego la bolsita en la doble caja de seguridad de sus robustos pechos. Como remate, agregaba una ñapa para tener al cliente contento.
Ahora nos informan a diario con terror lo que piensan los mercados (mejor en plural: es más poderoso hablar de los mercados que del mercado), cómo se portan los mercados, si los mercados están molestos o si no lo están.
Quienes hablan a nombre de los mercados no son ahora las marchantas sino unos ejecutivos de traje Armani que imponen precios y no dan ñapas. Poco les importa que el cliente esté contento o no. Con que pague basta. Y las cajas fuertes no son ya dos rotundas y ubérrimas fuentes de vida y de salud, sino oscuras galería de bancos que se avergüenzan de lo que hacen y por eso casi siempre ocupan plantas subterráneas.
En el mercado que yo conocí cuando niño no había documentos ni firmas, porque pocos de los que participaban en él sabían leer o escribir. Todo era de palabra, y la palabra era sagrada.
-- Marchantica, fíeme dos docenas de papas que el domingo se las pago.
Y si la marchantica asentía, se había producido un acuerdo blindado, indestructible, cuyo aval eran siglos de comercio entre gente humilde, pero decente.
No ahora. Usted deja un depósito en el banco y cuando acude a recoger el dinero el gerente le dice:
-Lo siento, pero no puedo devolverle sino la mitad porque los mercados reaccionaron mal este mes.
Los mercados actuales reaccionan, opinan, se oponen, rechazan, aprueban, aplauden y engañan. Lo grave es que cuando yo era niño se sabía quiénes manejaban el mercado: eran la comadre Jacinta, don Pedrito el papero… Ahora no sabemos quiénes manejan el mercado, pero nos consta que el mercado lo maneja todo y que sus víctimas son la comadre Jacinta, don Pedrito el papero y yo y usted.
