La otra cara de San Felipe

La realidad triste del San Felipe profundo nos debe llevar a revaluar las políticas de promoción turísticas para no mostrar una cara paupérrima a tantos visitantes

San Felipe tiene dos caras y, para muchos, la bonita es la que se nos muestra o la que conocemos, pero el San Felipe olvidado, el San Felipe peligroso en donde a tempranas horas de la noche no es recomendable caminar por los altos grados de violencia que hay en el sector, ese no cuenta para nada. San Felipe es testigo de tanta pobreza, miseria, violencia, desesperanza, desempleo, en fin, el San Felipe profundo -como dirían algunos compañeros de tendencia izquierdista de la Facultad de Derecho-, ese está en el ocaso.

Si realmente queremos que la industria sin chimeneas nos beneficie a todos, necesitamos elaborar políticas de Estado cónsonas con las realidades sociales de aquellas comunidades que viven en los alrededores de todos los polos turísticos del país, en este caso, el corregimiento de San Felipe y sus periferias.

Sería sumamente provechoso para quienes viven en el sector, verse beneficiados con plazas de empleo en los restaurantes, bares, cafés, comercios, y todo tipo de negocios que se abran en el tan elogiado Casco Viejo. Sé que esta propuesta no es fácil porque conlleva educar a las personas y brindarles todo el conocimiento necesario para dar un buen servicio y convertir al Casco Viejo en toda una experiencia para quienes lo visitan cada año. Vale la pena hacerlo, vale la pena involucrar a las comunidades en el desarrollo, vale la pena darle valor agregado a su gente e invertir en el capital humano.

La realidad triste del San Felipe profundo nos debe llevar a revaluar las políticas de promoción turísticas para no mostrar una cara paupérrima a tantas personas que a diario lo visitan; involucrar a la comunidad en el desarrollo del sector es una meta a corto y mediano plazo diametralmente opuesta a la solución fácil de desalojar a todas aquellas familias de escasos recursos y que no tienen un panorama muy alentador por los intereses mezquinos y elitistas que propugnan por "limpiar" (palabra que no me gusta usar, pero así la utilizan) el Casco Viejo y en donde sus únicos moradores serán gente de apellido, con dinero, y extranjeros atraídos por tanta belleza.

Ojalá y se le dé especial atención a esta comunidad para evitar despersonalizar el lugar y mantener allí a los verdaderos panameños, a Pablo Pueblo que trabaja diariamente creyendo que es posible un Panamá mejor.


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