Señor defensor del Pueblo:
Le escribo estas líneas como un simple ciudadano que aún recuerda lo que en un tiempo fue una buena institución. Una que hoy, sin embargo, ha perdido toda relevancia e influencia en el devenir social, jurídico y político del país. Peor aún, una institución que ha caído en un penoso descrédito y desinterés por parte de la misma ciudadanía para la cual fue erigida, en defensa de sus derechos fundamentales.
No es necesario indagar o explorar en detalle la historia de la institución para comprender su progresivo deterioro. Ciertos hechos informan lo suficiente de sus problemas: la injerencia político-partidista, su bajo presupuesto, las limitaciones que le impone la propia ley, y hasta algo tan elemental como tener una sede propia. Todo esto sin ignorar los vergonzosos episodios que varios de sus titulares le han hecho pasar, afectando la autoestima, motivación y, por supuesto, las relaciones interpersonales de su funcionariado.
Más allá de apreciaciones particulares, el hecho es el siguiente: la institución ya no funciona como esperan, merecen y exigen los habitantes de este país. Por lo menos, los que la necesitan y acuden a sus servicios, porque sus derechos se han vulnerado y no encuentran otra institución que les ayude de manera gratuita y sin tantas formalidades.
No lo conozco personalmente, pero asumiré que usted es, en primer lugar, un 'hombre de buena voluntad', como dicen las escrituras. Luego, un excelente profesional. Así de simple y en ese orden. Ahora bien, estas cualidades no garantizarán su buen desempeño; necesitará de otras. Las buenas intenciones y la experticia en una profesión no bastan.
El trabajo de un defensor del Pueblo es uno en que la falibilidad humana resulta bastante frecuente; su labor tiene que ver con cuatro realidades que ya de por sí, separadas, generan tensiones y conflictos; qué decir de cuando se mezclan. Me refiero a la ética, la administración, el derecho y la política. En cierta forma, usted tendrá que lidiar con las cuatro al mismo tiempo. Algo se le puede asegurar: nunca quedará bien con todas.
Dado el breve tiempo de su gestión, menos de un año y medio, su labor será forzosamente transicional. A pesar de esto, contará con una ventaja; no se verá afectado por el desgaste que suele ocurrir a partir del tercer o cuarto año de un quinquenio.
Ármese de paciencia y escuche todas las críticas y observaciones que le hagan. No ignore o desprecie a quien se las diga, siempre que lo haga con sinceridad y respeto. Si es una buena crítica u observación, la agradecerá (y mucho). A algunos le ha costado el puesto despreciar y desatender.
Comuníquese regularmente con los medios y asimismo haga apariciones públicas. Tenga buenas relaciones con ellos; han de ser sus mejores aliados. Que todo ciudadano de a pie conozca cómo se llama, o lo reconozca de cara.
Si está a su alcance, no despida a ningún funcionario; todos los que ahí laboran lo hacen por su pan. Tal vez, solo se vea forzado a remover o trasladar a algunos puestos claves, por razones puramente político-administrativas; se entiende que usted debe darle espacio a un personal de confianza. Así son las cosas. Pero no destituya ni solicite renuncias, siempre que le sea posible.
Entrevístese personalmente con cada uno de sus funcionarios en algún momento de su periodo. Permítales compartir sus inquietudes; cómo les ha ido, qué les gusta y qué no (y que les compartan también el por qué de su descontento o satisfacción). Por supuesto, escuchará opiniones distintas y hasta contrapuestas. Luego de éstas, usted llegará a sus propias conclusiones y tendrá suficiente material para elaborar un diagnóstico o informe especial, sobre el clima laboral de la institución. Esto tal vez ayudará al defensor o defensora del Pueblo que le suceda en su puesto. Asimismo, a la Asamblea Nacional.
Demuéstrenos que no ha querido ser escogido sólo para agregar una interesante línea a su hoja de vida. O solamente por el sueldo. O porque el puesto le va a servir para una carrera política. Muéstrenos que hay algo más, de verdadero e intrínseco valor humano.
No nos decepcione y que le vaya bien.
El autor es exdirector técnico de responsabilidad y soporte institucional de la Caja de Seguro Social