Las posiciones fundamentales en el debate sobre las relaciones entre las ciencias naturales y las humanas son bien conocidas. Las naturales serían “duras”, basadas en datos obtenidos a partir de métodos rigurosos e instrumentos de gran precisión. Las otras serían “blandas”, de carácter reflexivo y dependientes en alto grado de los datos obtenidos por las primeras.
Hoy, sin embargo, ese planteamiento desborda ya su dimensión académica de origen para abrir paso a un problema cada vez más práctico. La crisis socioambiental que encaramos demanda, en efecto, sustentar en evidencia científica, debidamente referida a la circunstancia social e histórica de cada sociedad, toda estrategia orientada a sostener el desarrollo humano.
En este terreno, la calidad práctica de todo conocimiento está asociada a su capacidad para expresar las relaciones de interdependencia que mantienen entre sí las diversas dimensiones de la realidad. Esto, sin embargo, demanda encarar el hecho de que la organización del conocer en ciencias naturales, ciencias sociales y humanidades se forjó al calor del primer desarrollo del capitalismo, a partir de dos visiones de las relaciones entre nuestra especie y la naturaleza.
Una de ellas, más primitiva entonces, sostenía la necesidad de trabajar con la naturaleza y no contra ella. La otra, revolucionaria en aquel momento, sostuvo la necesidad de dominar a la naturaleza en bien del crecimiento económico sostenido. En el desarrollo de esa contradicción cultural, la física e historiadora Carolyn Merchant plantea que “la dirección y la acumulación de cambios sociales” llega a un punto en que se consolidan “las ideas que parecen más plausibles bajo condiciones sociales particulares”, con lo cual “se produce la transformación cultural.” [(2020: 4): La Muerte de la Naturaleza. Mujeres, ecología y revolución científica. (Routledge,1980) COMARES Historia, Granada].
Hoy, ahora, estamos ingresando de lleno a una nueva transformación cultural en que están tomando forma las disyuntivas que darán lugar a la formación de una nueva normalidad. El hecho es que, si deseamos un ambiente distinto, tendremos que crear una sociedad diferente –por ejemplo, mucho más y mejor educada y organizada, y sostenida por un mercado de base social mucho más amplia que la actual–. Aún podemos escoger el camino a tomar y las formas de recorrerlo. Y eso es un gran privilegio en tiempos de transformación.
El autor es humanista y miembro de Ciencia en Panamá

