Cuando en Panamá luchábamos por la caída de Noriega, las manifestaciones de los civilistas solían ser multitudinarias, pero no lo eran menos las que organizaba el PRD en respuesta. Y siempre ocurría lo mismo: después de cubrir cualquiera de ellas, un joven periodista de La Prensa entraba en la redacción y decía: “Alguno de los dos bandos tiene que estar equivocado, o nosotros o ellos”. Y luego se sentaba a escribir, dolido de que los militares tuvieran aún poder de convocatoria y de que sus simpatizantes no vieran que estaban en un error, es decir, dolido porque si “la verdad” estaba de nuestra parte, no era posible que hubiera tanta gente equivocada. Pero la había, la había para nosotros, equivocados a nuestra vez, según la opinión de los adversarios.
En cuestión de inclinaciones políticas pasa lo mismo que con el gusto estético. Hablar de “buen gusto” no deja de ser un poco pedante, porque tan válido es para su dueño un cisne de plástico irisado en el centro de una mesa que para su propietario un jarrón inglés del siglo XVIII adquirido en un anticuario de prestigio. Nada tienen que ver los regímenes dictatoriales y los democráticos, pero después del resultado de las elecciones europeas al Parlamento de Estrasburgo, en las que la izquierda ha sufrido un serio revés y en consecuencia Europa escora claramente a la derecha (los partidos de Sarkozy, Merkell, Berlusconi y el Partido Popular español han obtenido la mayoría), he recordado las palabras de mi compañero. Alguno de los dos bandos está equivocado. Sin embargo, atenuada la decepción primera, se impuso el razonamiento. En primer lugar, no se trata de bandos sino de tendencias (aunque ese mapa está ahora bastante desdibujado, a raíz del descalabro financiero internacional y la intervención de los gobiernos de todos los pelajes en la banca); en segundo, las rachas y los vaivenes ideológicos son constantes históricas, y por último, cada votante tiene la libertad de poner sobre su mesa un cisne irisado o un jarrón inglés del XVIII.
La palabra del pueblo es la palabra de Dios, dicen, aunque en este caso, ha resultado chocante que, especialmente en España y en Italia, la voz del pueblo haya obviado los escándalos y la corrupción de los partidos conservadores y haya votado por sus diputados. En el Reino Unido, sin embargo, el laborista Gordon Brown ha sido castigado por los malos manejos de políticos de su gobierno, y cabría preguntarse por qué su electorado le pasa factura, mientras el electorado de derechas no se la pasa a Berlusconi ni al Partido Popular español, algunos de cuyos miembros prominentes, como Francisco Camps, presidente de la Comunidad Valenciana, está imputado por cohecho en el caso Gurtel, junto a otros políticos del PP, entre ellos, su tesorero y senador Luis Bárcenas.
Sería duro suponer que los conservadores tienen un mayor margen de tolerancia para la trampa, porque tampoco han tenido en cuenta el escándalo de espionaje interno en la Comunidad de Madrid, presidida por Esperanza Aguirre, del Partido Popular, y que está en los tribunales. El caso, no Esperanza.
Según explican los analistas, la razón es que no se trataba de unas elecciones generales, sino al Parlamento Europeo, y ninguno de los implicados estaba en las listas definitivas. Si no hubiera sido así, sería incomprensible que los cuatro millones de desempleados españoles no se hayan pronunciado contra una clase política conservadora afín a un capitalismo culpable de la crisis y que los ha dejado en la calle. Sin embargo, el Partido Popular le ha dado la vuelta a la tortilla e interpreta que, dada la contundente victoria que ha obtenido justamente en Valencia, el imputado presidente Camps ha sido ya absuelto por el pueblo.Aquí alguien está equivocado. Tal vez Dios no se haya expresado en esta vuelta en la voz del pueblo y espera hacerlo en los tribunales.