El otro día me puse a ver uno de mis programas de tele favoritos, Grey’s Anatomy. La historia es que la brillante Cristina Yang, encarnada por la laureada Sandra Oh, sufre un surmenage de los serios y no puede operar, así que se consigue una chamba en el bar “del vecindario” e inventa un trago de esos que tumban pelo de pecho.
Y lo peor es el nombre que le pone al elixir de color celeste claro: Lo llama el Early Onset Alzheimer’s, o sea Alzheimer’s prematuro, porque con solo uno puedes quedar con una lagunaza mental. Y me acordé de otros nombres de cocteles irrisorios, así que, ¿qué prefieres: una ramera afganistana, una Bahama mama o una michita calva? ¿Qué elegirías entre: un orgasmo, un orgasmo a gritos, sexo en la playa o un blow job? O el trago que inventó Cristina Yang.
Si estoy siendo soez, créanme que ni mi imaginación da para tanto: todos los anteriores son nombres de tragos sacados de una lista de los 100 más pedidos en EU. Es evidente que las libaciones nocturnas, en muchos casos, han perdido el cachet de Connery como Bond, quien pide sus martinis shaken, not stirred (batido, no revuelto), o el romanticismo trágico de Bogart en Casablanca, quien se metía sus lamparazos tras un “here’s looking at you, kid”, o del descaro imperturbable con que William Powell le decía a Myrna Lloyd, en las películas del Thin Man, “tengo hambre, vamos por un trago”.
Pero vengamos al siglo XXI y miremos lo que toma la juventud: los veinteañeros beben Rum and coke, seco tonic, seco con agua; algunos más sofisticados beben whisky (con ginger ale o agua tónica), vodka (generalmente con agua tónica) y las niñas beben sangría, seco, daiquiri, Margaritas y Long Island Ice Tea. Me contaba otra fuente, que probablemente el trago más popular entre las faldas sea la piña colada. ¡Ah!, y por supuesto, tenemos el retorno del mojito, que inmortalizó Hemingway en la antigua Habana, y el pisco sour, que con el advenimiento de buenos restaurantes peruanos se está haciendo sentir en la ciudad capital.
Empero, hay que darle su lugar al insuperable martini con todas sus permutaciones como el cosmopolitan, el saketini o el chocolate martini.
Y es que un trago bien hecho, es indudablemente una expresión artística del más alto calibre. El barman que se precie usará siempre los ingredientes de la más alta calidad, ya que no media alquimia térmica en su preparación –o sea chico, no se cocinan, así que lo que le metes al trago es exactamente lo que de él sacas—.
De moda, me dicen mis fuentes juveniles, están los shots: tragos pequeños, compuestos y potentes, que despachas de una sola, con nombres como lemon drop y cucaracha. Y entre la juventud, por supuesto, los traguitos tropicales. Y no voy a mencionar al santo, o sea el restaurante, pero sí al milagro, o sea mi actual coctel favorito. Indecisa un día entre un martini y un mojito, ya que a veces el ron no me cae muy bien.
Es un licuado de vodka, hierbabuena y sirope de goma, con tanta hierbabuena que tiene más bien pinta de chimichurri. No le conozco las proporciones, pero es una maravilla. Y ahí tienen la historia. Solamente me tomo uno a la vez, porque al igual que los mortíferos tragos de la doctora Cristina Yang, a este también se le podría bautizar como “Alzheimer’s prematuro”.
