Mi mamá nos decía, cambiando del tuteo al usted de los momentos solemnes, “cuando le den algo, pida para su hermano”. Nunca me he olvidado de eso, de creer que allí donde yo recibo, también mi hermano puede recibir. Algo parecido tiene que pasar con los escritores en particular y la cultura panameña en general.
Nos hemos acostumbrado a comérnosla solitos, a hacernos fotos y postear momentos que se convierten en largos olvidos para eso que los fotografiados llaman cultura patria. Porque algunos son expertos en cerrar la puerta detrás de ellos para que no entre nadie más, como si no tuviésemos ejemplos de grandes escritores panameños que allí donde llegan están abriéndonos puertas generosas.
No somos España o Colombia. Aquí cada artista es embajador cultural y debe preguntar, cuando se pueda, ¿y para mi hermano? Es cierto, al arte se viene solo, pero también lo es que cada vez que estamos delante de una audiencia expectante por saber qué más hay en Panamá, tenemos que decir siempre que hay más poetas, cuentistas, pintores, bailarines y cineastas aparte de uno. Comérmela solito es mi derecho, sí, pero retrata muy bien quienes somos.
La Cultura panameña, tal y como va, está en un callejón sin salida, pintado con grafitis de actividades lúdicas y amenizado por la murga carnavalera de siempre. Y, además, cada vez que un panameño logra un éxito internacional, allí arriman el ministerio de turno y la patria para hacerse la foto. Llegará el día en el que el éxito cultural será consecuencia de políticas valientes.
Mientras, toca llamar a las puertas para ir a Guadalajara, a Centroamérica Cuenta, a la Feria del Libro de Madrid o Buenos Aires. Hay que llegar con las cintas a los festivales de cine y a los grandes teatros con nuestro arte porque, si depende del MiC, nos pondrán una mesa de patio para vender libros, mientras ellos se hacen el viaje que le corresponde a los artistas.
El autor es escritor

