“Quizás la predicción más segura que podemos hacer acerca del futuro, es que nos sorprenderá”.
George Leonard
Evidentemente, la pandemia del SARS-CoV-2 ha sorprendido a doctos y legos por igual. Sin embargo, varios aspectos de esta enfermedad, y la respuesta de la humanidad, han sido realmente inesperados y han contribuido al impacto y extensión de la misma.
En primer lugar, después de años de esperar una gran pandemia de influenza, similar a la gripe española de 1918, un representante de un grupo completamente distinto de virus ha causado la mayor pandemia de los últimos 100 años. Los coronavirus, que hasta hace unos años sólo eran asociados a cuadros de resfriados leves, nos dieron una primera advertencia con el SARS-CoV-1 en el año 2002, y el MERS-CoV en el año 2012. Ambos causan cuadros de infección respiratoria grave, pero su extensión geográfica y el número de personas afectadas fueron minúsculas comprados con su pariente más famoso, el SARS-CoV-2, causante de la Covid-19. Quizás por ello hubo al inicio algo de escepticismo con respecto al potencial pandémico del nuevo virus de Wuhan y esto se tradujo en una relativa lentitud en la respuesta en muchos países.
Hay también tres aspectos de la transmisión del virus que no fueron reconocidos tempranamente y contribuyeron a su transmisión. Primeramente, muchos expertos pensaron que el virus no podía transmitirse por aerosoles y a distancias mayores de 2 metros. Son muy pocas las infecciones que tienen esta capacidad; la tuberculosis y el sarampión son dos ejemplos, pero la gran mayoría de las enfermedades respiratorias requieren un contacto muy cercano entre personas. Tomó varios meses y múltiples estudios para convencer a la OMS y a otros grupos de expertos, que esta infección podía transmitirse por esas gotitas que quedan suspendidas en el aire, especialmente en espacios cerrados y que viajan distancias mayores.
El otro aspecto de la transmisión que ahora es evidente, pero no fue apreciado en las primeras semanas de la pandemia, fue la existencia de los superdiseminadores. Resulta que no todas las personas infectadas contagian a otros con la misma eficiencia. Hay quienes no contagian y otros que pueden infectar a 5, 10 o más personas. Muchas han sido las instancias donde la reunión de un grupo de personas, en presencia de un superdisemiandor, ha terminado con la infección de un porcentaje alto de sus asistentes. Una pesadilla al momento de buscar a los contactos y hacer la famosa trazabilidad.
Finalmente, el tercer aspecto de la epidemiología de este virus que sorprendió a muchos expertos, fue la transmisión producida por individuos asintomáticos o pre-sintomáticos (antes de enfermar). Hasta un 50% de los contagios ocurre de esta forma . Otras infecciones respiratorias, como la influenza y el resfriado común, tienen su mayor período de contagiosidad cuando el enfermo está con síntomas. Nuestros sistemas de vigilancia epidemiológica y rastreo de casos estaban alineados para la detección de personas enfermas, no transmisores “silenciosos”. De hecho, al inicio de la pandemia, las pruebas diagnósticas se reservaron para quiénes tenían un cuadro clínico sugestivo de Covid-19, como si los asintomáticos no contribuyeran en nada a la diseminación de la infección.
En el lado positivo, la sorpresa más agradable ha sido el desarrollo de diversas vacunas con muy alta eficacia y seguridad, en un tiempo relativamente corto. Un avance científico extraordinario, que a todas luces parece la única esperanza para salir de este crisis global.
Otro beneficio colateral sin duda es la exitosa utilización de la tecnología del ARN mensajero, empleado por primera vez para la generación de vacunas, y que abrirá una ventana en la lucha contra muchas otras enfermedades.
Pero en lo personal, lo que más me ha sorprendido de esta pandemia, no ha sido el virus; ha sido el llamado “factor humano”. Hemos visto el auge de los movimientos anticiencia y antivacunas, y la desinformación. Expertos y pacientes que han recurrido a tratamientos fútiles, que se han alejado de la evidencia científica y han sido presa de la desesperación utilizando todo tipo de curas milagreras. Y, por supuesto, no han faltado los gobernantes, que han manipulando la información, han negado la ciencia y han recurrido a medidas populistas, contribuyendo al aumento del número de casos y al costo en vidas humanas.
Pero a decir verdad, también he visto lo mejor de la humanidad en esta pandemia. Y ha sido tan sorprendente como todo lo malo. La valentía de los trabajadores de la salud que, exponiendo su vida y la de sus familias, han trabajado hasta el cansancio por echar adelante a sus pacientes. Los científicos que, renunciando al individualismo, han intercambiado información y han avanzado el conocimiento sobre todos los aspectos de la Covid-19. Los voluntarios y héroes anónimos que han apoyado a los más necesitados. Los familiares de los que han perdido un ser querido en esta lucha, con su fortaleza y estoicismo, que han elevado su voz para que otros no pasen por lo mismo. Y finalmente, los pacientes, que han sufrido en silencio y que han fallecido lejos de sus familias, y que desafortunadamente no vivirán para ver cómo algún día no lejano, y a pesar de todo las sorpresas, controlaremos esta pandemia.
El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas

