Gladys de BernettHay una vieja expresión que dice: "a la miseria le gusta ir acompañada". Por eso, queridos coterráneos, compatriotas, si hacemos una buena analogía podemos comparar la mente humana con el virus informático, porque éste tiene un ordenador que está escrito en el mismo lenguaje que los demás, pero con una intención dañina que se introduce cuando menos te lo esperas y que, en la mayoría de los casos, sin que siquiera nos demos cuenta la acompañamos de miserias que, una vez que se han introducido en él, nuestros ordenadores no van demasiado bien o no funcionan en lo absoluto, porque todo se lía, se trastoca y hay tal cantidad de mensajes contradictorios que resulta imposible obtener resultados satisfactorios.
Empiezan las clases en toda la República de Panamá y, basamos los comentarios de las escuelas en el chismorreo, que en los seres humanos funciona igual que ese virus. Sucedió que el primer día de clases te encuentras con alguien que anteriormente asistió a un curso igual que el que tienes que empezar tú y te dice: "Ese profesor (a) es pedante. No tiene ni la menor idea de lo que está haciendo, de modo que empieza con mucho cuidado porque ya te lo advertí. A mí me fue de lo peor...". Fíjate lo que va a suceder con la palabra de esa persona y con las emociones que te transmitió cuando hizo ese comentario, se quedaron inmediatamente grabadas; sin embargo, no eres consciente de qué motivos tenía para hacerlos. Pueden ser miedos o prejuicios. Pero dado que has aprendido a recibir información desde que eres un niño (a), parte de ti cree en el chisme. Y en la clase, mientras el profesor o la profesora hablan, sientes que el veneno aparece en tu interior y te resulta imposible comprender que ves a través de los ojos de la persona que te hizo el comentario.
Entonces, empezarás a hablar de ello con los otros integrantes del curso, porque no soportas estar ahí, y pronto decides dejar de ir. Culpas al profesor (a), pero realmente el culpable es el chisme, porque un pequeño virus informático es capaz de generar un lío de ese tipo e infecta todo aquello que tocamos y no hay claridad en la información. Al contrario, ese chisme, hace una cadena interminable en los demás seres humanos: dicen... me dijeron... escuché... leí. O sea, en los verbos conjugados, también.
Otro ejemplo, en septiembre de 2007 salió una noticia en los periódicos de Perú que se ha convertido en grandes titulares: "Venden pan con diente de oro adentro". La noticia dice que una persona, aparentemente, compró un pan que contenía el diente oro. El caso fue llevado a la asociación de defensa del consumidor (Indecopi) y los medios se encargaron de difundirlo. Ese organismo estatal declaró al supermercado libre de toda culpa, luego de que se revisaron los controles de calidad en la fabricación del pan e, inclusive, realizaron odontogramas entre los trabajadores de la panadería para concluir que el supermercado no era responsable del incidente.
¿Cómo apareció un diente en el pan? Puede ser que en el trayecto a la mesa del desayuno, a alguna persona se le haya caído un diente y aterrizara justo en el pan. La otra posibilidad, o sea, la miseria acompañando el comentario nefasto es que la persona que presentó la denuncia haya inventado el incidente. Cuando Indecopi, allá en Perú, terminó su investigación y liberó al supermercado de responsabilidad, esa decisión pasó totalmente inadvertida por los medios. ¿Por qué lo malo vende tan bien y lo bueno pasa inadvertido? En las investigaciones se ha demostrado que, en distintos ámbitos, toma muchas acciones buenas reparar una mala.
En un estudio de servicio, se encontró que clientes felices cuentan a cuatro personas su experiencia. En cambio, clientes insatisfechos la cuentan a 12 personas. No solo estamos diseñados (as) para percibir lo malo, sino también para contarlo. Varios estudios muestran cómo estamos programados (as) para chismear o difundir malas noticias. Por cada noticia negativa, existen miles de noticias positivas a las que tenemos que aprender a prestar atención.
Nuestros esfuerzos por desprestigiar a las gentes son mucho más calculados. Sin embargo, lo que opinemos no es más que un punto de vista y no tiene por qué ser necesariamente verdad. Nuestras opiniones provienes de nuestras creencias, de nuestros egos y de nuestros propios sueños. Recordemos que solamente recibiremos una idea negativa si nuestra mente es un campo fértil para ella.
Las semillas se plantan en nuestra mente y se nutren. A medida que crezcan generaremos más semillas, que muy bien pueden ser semillas de amor que remplazarán a las del miedo. Para lograrlo tenemos que utilizar nuestras palabras apropiadamente, estas serán la fuente de todas las creencias que nos ponen límites y nos privan de la alegría, creando sufrimientos inútiles como los virus informáticos.
La autora es educadora
