La primera vez que escuché sobre el virus fue cuando mi profesor de negocios y una compañera hablaban de las noticias de la semana; lo mencionaron como quien habla de un problema muy lejano a nosotros y, en ese momento, un incidente aislado.
Mi profesor, cuya hija vivía en Shanghái, aseveró que la última vez que hubo “uno de estos”, las operaciones comerciales y financieras se vieron fuertemente golpeadas. Pero lo mantuvo como un problema menor y ese día de clases transcurrió como cualquier otro; presentamos nuestros proyectos para la asignatura y nos deseamos felices fiestas de fin de año, con la certeza casi arrogante de que era cuestión de “solo un vuelo” volvernos a ver.
Al regreso de las vacaciones de fin de año, el “incidente aislado” ya no lo sentíamos tan lejano… Mis compañeras orientales tenían a sus familias en cuarentena desde hacía varias semanas y las festividades del año nuevo chino amenazaban con ser canceladas. Una de mis compañeras europeas dice: “¡Uy!, se están complicando las cosas para ellos…” Poco sabía que en cuestión de un par de semanas se complicarían las cosas para todos.
A finales de febrero, la mayoría de los medios hablaban de un problema que ahora era italiano. Yo visitaba a mi familia en Panamá y si bien me parecía inusual ser recibida por una funcionaria enmascarada y con un termómetro al descender de la manga del avión, en mi amado país todo parecía transcurrir normalmente. Tan normalmente, que la mayor preocupación de muchos era cómo iban a pasar sus cuatro días de carnaval.
El jueves 12 de marzo de 2020, ya de regreso en Francia, me di cuenta que todo estaba por cambiar… Las declaraciones en cadena nacional de un político de alto rango decretaban, en un idioma distinto al mío, que las clases se suspendían hasta nueva orden. El viernes siguiente, las pláticas cambiaron radicalmente; hablábamos de repatriaciones, cómo conseguir mascarillas, qué farmacias todavía vendían gel alcoholado y empezamos a despedirnos de lejos, abrazarnos con los ojos y a decirnos de las maneras más cálidas: cuídate, por favor, te quiero ver cuando todo esto pase. Yo todavía me sentía tranquila de que la visita del monstruo invisible aún no había sido confirmada en mi casa del otro lado del Atlántico.
Diez días después, aunado a la suspensión de clases, incluimos a la lista de restricciones: toques de queda, cierres de fronteras, cierres de parques y plazas públicas, al igual que cercos de ciudades. Ahora, estábamos todos en territorio incierto.
La incertidumbre tiene a los líderes de todo el mundo a merced de la ciencia, tratando de enfrentarse (como pueden) a una situación para la que nadie podía estar listo. Las gerencias de todas las empresas preguntándose “¿hasta cuándo?” Los bancos intentando acoplarse a la nueva realidad económica de sus deudores; la mayoría de las actividades comerciales “no esenciales” en paro. Al mismo tiempo que las familias se organizan para ver cómo llegan a fin de mes.
Ahora mismo, los paseos, proyectos, festivales, conciertos y todo lo que parecía prioritario, ha pasado de golpe a segundo plano; porque ahora “hay una guerra” y los soldados de batas blancas necesitan la ayuda de todos los civiles, para no quedarse sin armas. Una ayuda consiste en no salir de casa, limitar nuestros movimientos, acatar toques de queda y racionar nuestro tiempo para ir al supermercado. Algo particularmente extraño para mi generación, que poco sabía de guerras y de encierros.
Yo, desde mi confinamiento solitario y en la distancia, noto como la tecnología se ha vuelto más crucial que de costumbre, con todo lo social y creativos que nos ha tornado el confinamiento. O será que finalmente la estamos usando para el propósito que le dio vida: conectarnos.
Me fascina saber que desde un océano de distancia puedo saber cómo están los míos y maquillar los sonidos de las sirenas de las ambulancias, que escucho cada vez con más frecuencia, con los sonidos de las voces de todos mis seres queridos por la bocina de un móvil o mi laptop. Sin embargo, aún si la soledad no me visita, sí cuento los días desde mi último abrazo.
En este mundo tan controvertido, inusual y extraordinario, me parece agridulce cómo se requirió de un monstruo común para recordarnos la fragilidad del ser humano y la importancia de su sentido comunitario, a final de cuentas: estamos todos conectados.
La autora es abogada, estudiante de MBA en el Institute Superieur De Marketing Du Luxe, París, Francia
