Cuando éramos pequeños, decíamos “poto” para indicar al momento que el resultado de determinada “jugada” debería interpretarse a la inversa. A lo mejor esto solo se practicaba en Chiriquí. No sé. Pero sí sé que hoy, con el acceso casi ilimitado, que se tiene a la información, cuando lees la sección internacional de la prensa escrita y luego dedicas tu atención a la sección económica nacional, las situaciones que encuentras son tan disímiles, que hace que te venga a la mente esa expresión de antaño tan curiosa. Que indicaba todo lo contrario.
Mientras lees que Brasil y Argentina incrementan en un millón de hectáreas su área destinada a la producción de granos, nosotros disminuimos hasta en un 35% el área utilizada para la producción del grano de mayor consumo nacional. Y una situación similar ocurre con la producción de maíz, sorgo y café. El banano, en un tiempo la mayor fuente de ingreso fiscal por el renglón de exportaciones, hoy encontramos que, producto de una mezcla de politiquería populista, corrupción y un fuerte aderezo ñángara, ha quedado reducido casi a cero.
Y encima, para robustecer este peligro inminente de desabastecimiento de alimentos y el deterioro de los servicios públicos, pero para el beneficio de unos cuantos, la política es traer más bocas para alimentar y para consumir más de todo lo que cada vez es más escaso. Mientras los productores de tierras altas luchan de sol a sol, bajo la inclemencia del tiempo, para extraer del suelo los alimentos que el cuerpo necesita, la burocracia estatal cierra filas con los mercaderes del templo y les pasan frente a sus ojos los mismos productos que tanto les costó obtener, importados en el momento en que ellos se aprestan a llevarlos al mercado.
Este término PIB es un clásico. Como que solo crece, como sea, para poder endeudar más al país. Por ejemplo, el crecimiento del PIB que registran Chile y Argentina se produce con el incremento en su exportación de sus frutas, sus vinos y sus granos. El nuestro crece a punta de erigir construcciones de cemento, vidrio y acero, importados. Fuera de la mano de obra momentánea, prácticamente el único valor agregado nacional es la piedra y arena, que es obtenida de la extracción inmisericorde de los ríos cercanos a las obras, que ya lloran. Y por si fuera poco, los diseñan para consumir más energía que todos los centros poblados del interior del país juntos. Energía, nuevamente, extraída del acaparamiento del caudal de nuestros ríos. Y todo el mundo sabe el origen dudoso de una gran parte de esos capitales. Todo esto cuando estadistas serios ya proclaman que el agua va a ser la limitante capaz de provocar un próximo conflicto armado mundial.
El tal llamado “desarrollo” ha pasado a ser un término unipersonal. Yo me desarrollo. Tú te desarrollas. Él se desarrolla. Lo que a cada pronombre beneficia, a él le parece de maravilla. El daño colectivo es irrelevante. Lo califican como el precio del “progreso”. Lo que importa es rendirle culto, si de ello obtienes un beneficio personal, a todo aquel que llegue con un saco de dinero a hacer todo lo que en sus países de origen ya les está vedado. O huyendo de gobiernos de izquierda, cuyo surgimiento ellos mismos provocaron con su desmesurado apetito de amasar fortunas. Prácticas de las que no es nada fácil desprenderse. O ni siquiera hay la más mínima intención de hacerlo. No hay peor negocio que importar gente. Bastante cuesta y cada vez le costará más a los países producir y darle sustento al incremento normal de su propia población.
La crisis que se avecina es producto del aumento desproporcionado de la población en relación con la capacidad del planeta de proveerla de lo mínimo necesario para su subsistencia. Eso lo sabe hasta el más mogo. Hasta los embobados nuestros que solo ven arriba, hacia la cumbre de las construcciones. En la ciudad capital se gasta todo el dinero de los ingresos nacionales –y el que no ha ingresado aún– para proveer de vías de circulación al aumento exagerado de automóviles. Se destruyen las aceras para estacionarlos. Se arrasan las áreas verdes, bajo el criterio de arquitectos orates, quienes opinan que los sitios para que los niños jueguen son los mall. Las aguas fétidas de enseñorean en las calles. Y la potable solo se le provee a esos rascacielos, negándosela a las viviendas humildes. La basura se gana, invicta, la copa de oro. La contaminación ambiental por gases tóxicos ya ni la miden.
Mientras países serios, preocupados por su futuro, ya le ponen freno a la “extranjerización” de la tierra. Aquí, puedes escuchar a “empresarios”, proclamar con orgullo a Panamá como el sitio ideal para que de afuera vengan a comprar su tierra. De nuevo, a esa especulación rampante le llaman “inversión”. Gente para comprar la tierra, es lo que cada vez habrá más. Dinero para comprarla, cada día se imprime más y vale menos. Pero la tierra no crece, por lo que cada vez habrá, proporcionalmente, menos. Esto, hasta otro mogo lo sabe.
