Uno de nuestros grandes defectos es la falta de memoria. Tenemos como sociedad una capacidad de olvido programado, sostenido y transversal, que poco a poco nos va convirtiendo en quienes nunca fuimos para hacernos caminar por sendas retorcidas que llevan al servilismo. Una falta de memoria que nos convierte en unos mal agradecidos de manual.
“Es de bien nacidos ser agradecido”, dice el refranero, pero para poder ser agradecido, hay que tener memoria, hay que tener una mirada hacia atrás que nos sitúe delante de aquellos que fueron construyendo el camino que ahora transitamos, y una actitud de humilde reconocimiento de lo que hicieron. El malagradecido prefiere borrar la memoria para no tener que humillarse diciendo “gracias”.
Hoy, los que están instalados en el poder, “en la papa” (no digo en el “gobierno” ni en “cargos públicos”, que implica servir a sus conciudadanos, porque no entienden su función si no en términos “juega vivo”) utilizan el olvido para aplicar el “quítate tú pa’ ponerme yo”, y someternos, una vez más, a la estúpida destrucción del legado para dejarnos un reguero de burocracia y bravuconería partidista. Patean el pasado, sobre todo lo bueno, para instalar su “idea”, que a la larga es una soberana estupidez. Y allí está su rebusca.
Conviene no olvidar, conviene guardar el recuerdo de los buenos servidores, de los que han construido un pasado sólido para que podamos sostenernos en pie hoy para avanzar hacia el futuro. Conviene no olvidar que los malagradecidos son siempre unos mal nacidos, y que no son de fiar. Jamás le den la espalda a quien llega a cualquier cargo, público o privado, y pretende cambiarlo todo, sin palabras de reconocimiento agradecido.
Terminaremos desmontando este país a fuerza de poner al frente de sus instituciones a un montón de malagradecidos y olvidadizos funcionarios. Los bien nacidos no convienen, tienen buena memoria, y eso, en el país de los ciegos, sería un fracaso para los que están “en la papa”.
El autor es escritor
