Hace dos semanas, la Federación de Academias de la Lengua Española publicó, como parte del Diccionario Histórico de la Lengua Española, una serie de palabras de uso habitual en el contexto de la pandemia de la Covid-19.
Este diccionario, que existirá únicamente en formato digital, surgió como idea desde 2013, para finalmente ser adoptado como un proyecto panhispánico en 2019, durante el Congreso de la Lengua Española de Sevilla, y terminar de implementarse y hacerse accesible en línea, en abril de este año. Lo que se busca es contar con una herramienta que permita describir en su integridad, la historia del léxico de la lengua española.
El caso es que este diccionario podrá incluir términos que son utilizados en la comunicación verbal durante circunstancias particulares, aunque algunas de las palabras pudiesen caer en desuso, una vez termine aquello que las originó. Solo el tiempo definirá cuales sobreviven.
Como es lógico, el primer grupo de palabras que se incluyeron en esta edición del diccionario fueron las que surgen como consecuencia de la pandemia que padecemos desde hace más de un año.
Entre estas palabras se destacan algunas como “coronaplauso”, definido como “aplauso sincronizado de la población para agradecer la labor de los trabajadores esenciales durante la pandemia del coronavirus”. O “coronabebé”, que es “el bebé nacido durante la pandemia”. O “covidfobia: el miedo patológico al Covid”. “Covidcidio: exterminio de multitud de personas causado por la pandemia de Covid, y que se relaciona a decisiones irresponsables”. O incluso la “coronacompra”, que corresponde a la compra realizada durante la pandemia del coronavirus, generalmente con sobreprecio (no sé por qué ésta me suena familiar). Para cada una de estas palabras, el diccionario histórico explica en detalle cuándo y dónde fue utilizada, para así conocer su historia y lexicología.
Pero de todas las palabras incluidas en este trabajo de recopilación, hay una que francamente dudo que desaparezca, y que en adelante facilitará mucho la comunicación en todo lo relacionado con la pandemia. Esta palabra es “covidiota”. Según la explicación que aparece en el diccionario, es un calco estructural del inglés “covidiot”, voz que fue atestiguada desde 2020 en la prensa, y consignada ya en el Oxford Advanced Learner’s Dictionary. Surge de la combinación de las voces “covid” e “idiot”. Fue documentada por primera vez en la acepción de “persona que se niega a cumplir las normas sanitarias dictadas para evitar el contagio de Covid”. Otras aplicaciones específicas se refieren a “quienes no respetan las reglas del confinamiento y ponen a otros en peligro”.
Si analizamos el uso que puede darse a la palabra, bien sea como sustantivo o como adjetivo, seguramente todos conocemos gente a quienes encaja perfectamente la palabreja. Por poner algún ejemplo suelto, se me ocurren aquellos que se niegan a cumplir el distanciamiento social o el uso de mascarillas, bien sea porque consideran que le coartan su inherente derecho a contagiarse de lo que les de la gana, o a respirar aire sin que tenga que pasar a través de cualquier material que busque reducir el riesgo de exponerse (tanto el ofendido como los demás) al virus.
Habitualmente, son personas que no tienen la menor idea de cómo se transmiten los virus o las enfermedades, pero que creen que por leer dos páginas de Google o buscar cualquier información en revistas médicas que no tienen la menor idea de como interpretar, pueden andar sacando conclusiones equivocadas.
Pero si los covidiotas se limitaran a mantener sus absurdas ideas para consumo personal, no pasaría nada. Lo malo es que frecuentemente se topan con un micrófono, una cámara, un teclado o cualquier combinación de estas, y riegan su ignorancia e irresponsabilidad sin control alguno, confundiendo a mucha gente que, como es lógico, percibe las incomodidades que nos ha impuesto la pandemia en nuestra vida habitual y les reconforta oír lo que se ajusta a sus deseos.
Aún peor es cuando personas que deberían tener el conocimiento básico de como interpretar los datos y ser orientadores con información veraz y responsable, se dedican a proponer tratamientos sin evidencia de efectividad (o incluso peligrosos), o que inventan y manipulan datos, por razones que, francamente, son muy difíciles de comprender. Que después de más de seis meses de haber descartado el tema en los foros donde se definen las conductas a seguir en el tratamiento de los enfermos, insistan en proponer el uso de hidroxicloroquina, ivermectina, dióxido de cloro (que es básicamente detergente diluido) o un montón de verduras que más parecen una receta de chimichurri que un tratamiento médico, demuestra una falta de responsabilidad profesional deleznable.
Y si encima, hay covidiotas que llegan a proponer todo esto desde puestos de influencia, los resultados son catastróficos. Si no me creen, pregunten en Brasil o Estados Unidos el resultado de que sus dos covidiotas impulsaran el uso de medicamentos sin evidencia, y se negaran a cumplir con lo que todos los grupos de expertos en el mundo consideraban necesario para mitigar los efectos de la pandemia: distanciamiento físico, confinamiento cuando aumenta el número de casos y uso constante de mascarillas.
Como diría un amigo: no hay nada más peligroso que un pendejo con iniciativa. O, en este caso, un covidiota extrovertido….
El autor es médico

