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Educación

Crear cultura del pensamiento

A pesar del empeño que cada nueva administración educativa pone para cambiar lo existente, por lo que se supone que debería mejorar nuestro sistema educativo, encontraremos respuestas preocupantes, sin dejar de considerar la inversión económica que se ha realizado durante muchos años.

¿Por qué seguimos igual o peor? Habría que señalar factores como la falta de una real política de Estado, coherente y respetuosa de los logros que se han ido dando a lo largo de las diferentes administraciones, y, por otro lado, la falta de seguimiento de importantes programas y proyectos cada vez que hay cambio de gobierno, lo que ha limitado el crecimiento y la formación de una estructura académica que responda a las necesidades de educadores y educandos.

Nos damos cuenta que costará que nuestros docentes enseñen a pensar, pues hay una gran debilidad en su formación; si buscamos en el currículo de las diferentes instituciones que forman educadores, encontraremos que no contemplan una materia específica que les ayude a entender los procesos de la mente, para lograr un pensamiento crítico.

Algunos educadores distinguen los niveles de comprensión: literal, inferencial y crítico. El nivel literal favorece la memoria; el problema es cuando nos quedamos en este nivel, lo que ocurre en muchas escuelas y no se pasa al nivel inferencial, en el que se enseña a pensar a través de actividades interesantes, la formulación de preguntas poderosas que muevan el pensamiento, haciéndoles conscientes de los diferentes procesos mentales, que los llevará al nivel de pensamiento crítico.

Los programas desarrollados por el Meduca en el tema de comprensión no siempre llegan a todos los niveles. Por otra parte, los cursos que se ofertan en este tema en el período de Actualización Docente, son opcionales; no es un requisito, a pesar de que se necesita en cada actividad que se desarrolle en el aula, independientemente de la especialidad y nivel.

Me referiré al conjunto de marcos y practicas teóricas que sustentan los programas y proyectos liderado por El Proyecto Cero, de la Universidad de Harvard, sobre compresión, pensamiento y aprendizaje. El asistir a encuentros en los que se han presentado experiencias orientadas por sus investigaciones, nos motiva a pensar en la necesidad de que en nuestro país también se implementen programas que preparen a los docentes para crear una cultura de pensamiento en sus escuelas. Es decir, que en las escuelas el pensamiento del grupo, tanto individual como colectivo, se valore, se haga visible y se promueva activamente como parte de las interacciones y experiencias cotidianas compartidas entre los estudiantes, maestros y demás participantes.

Con ello podrán identificar las ocho fuerzas culturales que dan forma a las experiencias de aprendizaje del estudiante, definen esta cultura y son la base sobre las que se promueven las disposiciones de pensamiento: tiempo, oportunidades, rutinas y estructuras, lenguaje, modelos, interacciones y relaciones, contexto y expectativas.

La cultura de pensamiento cuenta con seis principios claves. (Ritchhart & Perkins 2005).

1. Las habilidades no son suficientes. También hay que tener la disposición para usarlas.

2. El desarrollo del pensamiento y la comprensión son fundamentalmente un esfuerzo social.

3. La cultura del aula enseña. No solo establece un tono para el aprendizaje, sino que también determina lo que se aprende.

4. Como educadores, debemos esforzarnos por hacer que los alumnos externalicen o hagan visible su pensamiento. Es solo haciendo visible el pensamiento que podemos comenzar a entender cómo están aprendiendo nuestros estudiantes.

5. El buen pensamiento utiliza una variedad de recursos que facilitan el uso de herramientas externas, para “descargar” o “distribuir” el pensamiento propio.

6. Para que las aulas sean culturas de pensamiento para los estudiantes, las escuelas deben ser culturas de pensamiento para los maestros.

Estos principios nos lanzan un reto ante los cambios que debemos lograr en cada educador, y que ojalá cause un efecto, principalmente en los dirigentes magisteriales, de tal forma que esta necesidad destaque como una prioridad en las agendas de los diferentes diálogos que con frecuencia éstos realizan con autoridades, de manera que podamos aspirar a obtener mejores competencias en los docentes que forman a las diferentes generaciones de nuestro país.

La autora es docente universitaria


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