[Nota del editor: esta es la versión correcta del artículo publicado el viernes 15 de noviembre].
Si llegamos a reconocer en consenso que la democracia está en crisis… y a la vez reconocemos que la fuente principal de la crisis es la desigualdad persistente que se traduce en injusticia, habremos avanzado en definir la crisis, primer paso requerido para procurar identificar posibles caminos de salida. Ideológicamente, ni la extrema izquierda (Venezuela, Nicaragua) son solución, ni la extrema derecha es solución (EEUU, Inglaterra), ni las medias tintas (Chile, Panamá) resuelven el problema de desigualdad, frustración y rabia de la población vulnerable. Además, en todos los sistemas ideológicos hay un grave problema transversal que lo afecta todo: la corrupción y la impunidad producida por sistemas de justicia que son tan solo simulacros que se doblegan ante el mejor postor.
En pocas palabras, el problema es que todo lo conocido, sea cual fuera su color ideológico, no nos ofrece respuesta a cuáles son los caminos de salida.
El sistema democrático, el mejor y más libre de los sistemas de gobierno que ha conocido la humanidad, es lo que está en crisis… por eso la libertad de la humanidad entera está en juego.
Ahora, volvamos a Panamá. El buen crecimiento económico en general no ha representado desarrollo económico… no ha resuelto el grave nivel de la injusta desigualdad.
Sabemos que no puede haber desarrollo ni reducción de la desigualdad sin crecimiento económico, y que para que exista crecimiento, el sistema económico debe incentivar la inversión de empresarios nacionales y extranjeros, y el emprendimiento de micro y pequeños empresarios, quienes son la base que genera la mayoría de empleos. O sea, que tiene que haber producción de riqueza para procurar distribuírla para favorecer a los que se van quedando relegados. Dicho en otras palabras, no se puede socializar la pobreza.
Lo tradicional es que el redistribuidor sea el Gobierno, que cobra impuestos a los que más tienen y distribuye a través de servicios públicos a los más vulnerables. En la práctica, este sistema, teóricamente perfecto, tiene distorsiones: los gobiernos no cobran lo debido en impuestos y politizan el cobro. Además, recurren a impuestos fáciles de cobrar, como el ITBM, pero éstos son los más injustos porque pagan por igual pobres y ricos. Los subsidios, que son un necesario esfuerzo por disminuír la desigualdad, también son politizados y crean terrible dependencia… y los vitales servicios básicos como salud y agua son desastres administrativos también politizados.
El sistema requiere un revolcón que conserve lo bueno y produzca radicales cambios a lo malo. Para mí, la palabra básica es “participación”.
Propongo, por ejemplo, un sistema de participación en lo económico que permita que el trabajador participe desde la empresa en la distribución de beneficios, saltándose el gobierno. Empresa que tenga un sistema de participación de utilidades al 100% de su personal y que reparta, luego de un rédito razonable al capital, no menos de 50% en sus beneficios, reciba un descuento a sus empleados y empresa de 50% en el Impuesto sobre la Renta. Así, por vía de incentivos, democratizamos el sistema económico del país. Con todos jalando la carreta hacia el mismo lado, eliminaremos el “ellos y nosotros”, y todos los empleados ganarán mucho más, a la vez que se aumentarán las utilidades... Las empresas ganan… y todos, capital y trabajo, ganan también.
Cambiemos el salario mínimo por “ingreso mínimo” y pongámoslo en $1,000 mensuales, que estará más cerca de lo que cuesta vivir.
Que las empresas, en vez de tener “programas de responsabilidad social”, se conviertan en “empresas socialmente responsables”… lo que implica que toda la empresa lo es, no solo que existe un programa dentro de ella.
Que el Banco Nacional de todos los panameños inicie un multimillonario y masivo programa de micro crédito para emprendedores con un plan previo de entrenamiento (ésto no lo puede hacer un ente del gobierno porque entonces no le pagan, pero al Banco sí).
Que en el proyecto de Barro Blanco de la Comarca Ngöbe Bugle se active el Acuerdo firmado y abandonado, pues pagada la deuda bancaria, el gobierno logra que pase a ser la primera gran propiedad de la comarca, usando la asistencia ofrecida por los experimentados indígenas canadienses en un “plan de desarrollo programado y ejecutado indígena a indígena”.
...Y que los grupos estudiantiles jóvenes se organicen para construír una visión de la sociedad democrática participativa dedicada a resolver la grave inequidad social que vive el país. Y que el Presidente, inmediatamente los sume a la Concertación Nacional, de manera tal que sean mayoría de los representantes de la sociedad, haciendo uso de ese espacio, inyectándole el idealismo, vigor y compromiso que han demostrado de sobra en las calles.
¡Hay que perderle el miedo a la libertad!
¿Locuras?..¡no!. Experiencias de que la participación y la inclusión son vitales para encontrar caminos de salida a la crisis del sistema. Estas son algunas ideas propias; faltan las de ustedes. Expóngalas. ¡Mañana es tarde!
Jóvenes: ¡ustedes son a quienes hemos estado esperando! ¡A construír! ¡A construír el país justo que hemos soñado!
El autor es fundador del diario ‘La Prensa’