“Aún entre los demonios hay unos peores que otros, y entre muchos malos hombres suele haber alguno bueno”… una frase de Cervantes que viene a la mente al leer la lista de las 23 personas recomendadas por la Comisión Especial de Evaluación al Ejecutivo, para que de entre ellas escoja quienes ocuparán las vacantes en la Corte Suprema de Justicia. Viene a la mente, a su vez, la pregunta: ¿dónde están los hombres y las mujeres buenos en el país? ¿Quiénes alzan su voz o ejecutan acciones contra los desmanes de las injusticias, la impunidad, las jugarretas legales, los abusos? ¿Dónde están sus “hasta aquí”, sus “no pasarán” ante los desmanes de la corrupción? ¿Dónde están en la justicia, en la política, en la administración pública? Salvo algunas excepciones, ¿habrán corrido la suerte de las mariposas de agosto?
Cuando agosto traía mariposas, la ciudad de Panamá quedaba tapizadas de alas negras, era común amanecer en las casas sacudiéndolas de las cortinas, las ventanas, los techos… ¿cuándo dejaron de invadirnos en masa, para pasar a ser casi una curiosidad? ¿Se habrán fugado con los cocorrones de mayo a áreas con más arborización y menos cemento? Aunque estén unidas a supersticiones en el imaginario popular, eran un lujo y no lo sabíamos. En el proceso de selección de magistrados a la Corte Suprema nos pasa lo mismo: sin desmeritar a uno(a)s que otro(a)s aspirantes, la rareza de buenos y buenas entre “muchos malos” -Cervantes dixit- lo que ha caracterizado este ejercicio es la repulsa de varios abogados y juristas serios y de sustancia (por encima de la forma) de tirar el sombrero al ruedo y auto postularse. El sistema que la costumbre ha implantado hace agua por todos lados, pero la primera parte es esa: que cualquiera con los requisitos ultra-mínimos que requiere la ley se puede postular, un sistema en apariencia igualitario, pero que siempre se ha prestado para el secreto a voces, los elegidos antes de empezar, plagados de conflictos de intereses y plegados a voluntades políticas en lugar de la justicia. Conozco de primera mano a media docena de hombres y mujeres buenos que no están dispuestos a prestarse al juego. Y, por supuesto, pierde la patria.
En el último ejercicio de selección de magistrados a la Corte Suprema de Justicia, en noviembre de 2019, hubo un cambio: por primera vez en las últimas cuatro administraciones se nombraron personas sin nexos conocidos con el Ejecutivo, ni económicos, ni partidistas. Una esperanza de que esos nuevos operadores de justicia pudiesen, si quisiesen, actuar con independencia. ¿Qué esperar en el ejercicio que viene? El panorama político hoy se ha degradado exponencialmente: el Ejecutivo malgastó su caudal de confianza inicial y la pandemia ha sido el caldo de cultivo para el abuso desde la administración pública, el autoritarismo de los estamentos de seguridad, la opacidad en los datos científicos y las vacunas, las contrataciones directas, el endeudamiento descontrolado y, lo que a todas luces, parece una subasta de las concesiones de nuestros recursos naturales y estratégicos, sumados al sinsentido -sin transparencia- del escándalo de la renovación del contrato de Panamá Ports, erosionando casi totalmente la confianza ciudadana.
Ante una Contraloría General que ha claudicado su rol de control y limitación al poder ejecutivo, el rol de la justicia se torna aun más crítico y clave para que en nuestra disfuncional democracia (o lo que queda de ella) para lograr los contrapesos al poder. ¿Podrá (o querrá) el ejecutivo nombrar en la magistratura a personas independientes -característica esencial- y conocedoras de la ley o regresará a la fórmula de siempre: empleados plegados a intereses? No está claro el panorama. En esa lista de aspirantes, nuevamente citando a Cervantes, “hay unos demonios peores que otros”. ¿Cómo puede incluir a un expresidente de la Corte Suprema que nunca ha rendido cuentas por su rol en uno de los mayores escándalos recientes de la justicia?
¿Dónde están esos hombres y mujeres buenos? Es especialmente crítico y doloroso preguntarlo hoy, cuando ayer perdimos a una de Las Buenas -con mayúsculas-, la doctora Ana Sánchez Urrutia, mujer íntegra y brillante, constitucionalista, experta en bioética, profesional, ciudadana, hija, hermana y amiga entrañable sin par, quien además prestó su caudal y capacidad para el bien, sirviendo a la sociedad desde SENACYT y representando al país ante la OMS. Como ella, hay hombres y mujeres buenos en el país, gente capaz, ética, pero cada vez más alejados del servicio público precisamente por esa integridad. Como las grandes mariposas negras de agosto, son un lujo a cuidar, tenemos como sociedad que revertir el eco-sistema político para que puedan y quieran participar.
Sin ellos y ellas, no podremos salir del atolladero donde estamos.
La autora es abogada y escritora

