Mi difunta madre solía citar el refrán, “no es lo mismo verla venir que hablar con ella”; denotando con esta expresión que aunque todos sabemos que vamos a morir y que nuestros parientes también, la inminencia del desenlace fatal es otra cosa.
Es la terrible circunstancia en que el “quinteto” infernal -Cloto, Laquesis, Ártropo, el “bicho maldito” y la asfixiante pandemia nos coloca. Esperar el demoledor y homicida zarpazo. Como si fuera una decisión del juez supremo, irrevocable y de estricto cumplimiento. Y, como si la angustia y desesperación del acecho no fuera suficiente, los “sabios” del “buen gobierno”, nos reiteran -¿con sevicia?- que seguirán muriendo muchas más personas, hasta que se logre la vacuna, o sea, para los panameños de a pie, “la suerte está echada”.
Y, digo los panameños humildes, porque los ricos en medio de la “peste” acrecientan sus fortunas ( la pandemia ha producido nuevos multimillonarios panameños) y es poco probable que mueran a causa de la Covid-19.
En cambio, los pobres y las personas vulnerables, o mueren atropellados por el virus o cercados por el hambre. Mientras los gobernantes se la ingenian, día tras día, para responsabilizar al pueblo de su propio exterminio, porque, supuestamente, no acatan el encerramiento ( “casa por cárcel”) a que nos han sometido durante aproximadamente cuatro meses, sin resultado alguno.
Por todo lo anterior y por muchas cosas más, imploro a las autoridades dar por terminado este doble martirio. En su lugar, disponga los recursos que sean necesarios para una campaña sistemática intensiva de educación y concienciación sobre las medidas de bioseguridad (uso de mascarilla, distanciamiento físico y lavado de manos) y que se produzca la apertura económica y cese la flagrante violación de los derechos humanos y de las garantías fundamentales de los residentes de este país. ¡Dios salve a Panamá!
El autor es abogado y analista político