Antes de entrar al fondo del asunto, el requisito de nacionalidad para ejercer profesiones liberales debe separarse de la política migratoria, o de requisitos de idoneidad profesional que se establezcan. Además, cuando hablamos de “extranjeros”, no nos referimos a personas que viven fuera de Panamá, sino a residentes permanentes en nuestro país. Según el Servicio Nacional de Migración, estas son aproximadamente 50 mil personas en los últimos 10 años. Es decir, 1.25% de la población nacional. Esto no incluye a extranjeros con permisos temporales o indocumentados que no han manifestado intención de establecerse en Panamá de forma permanente.
Como primer punto, restringir las profesiones liberales a extranjeros residentes permanentes es una afrenta vergonzosa a la dignidad humana y a los Derechos Humanos que como país nos hemos comprometido a respetar. Los residentes permanentes son personas que han decidido dejar su país de origen de forma permanente y adoptar a Panamá como su hogar. En muchas ocasiones forman familias con panameños y panameñas, o incluso son padres y madres de ciudadanos panameños. Son nuestros vecinos, pagan impuestos. Compartimos trabajos y esfuerzos mutuos. Los residentes permanentes son parte integral de nuestro tejido social y económico y hoy los tratamos como una casta inferior arbitrariamente restringiendo sus opciones de ganarse la vida. ¡Muchos de ellos incluso crecieron y se educaron enPanamá! Incluso a ellos les negamos la posibilidad de elegir su proyecto de vida de forma libre. Lo mínimo que un país respetuoso de la dignidad humana y los Derechos Humanos debe hacer es garantizar igualdad ante la ley entre sus habitantes. Es una verdadera vergüenza nacional que discriminemos a un grupo de alrededor de 50 mil personas negándoles las mismas opciones que los panameños tenemos.
Como segundo punto, nuestro país tiene un serio problema educativo a todo nivel. El más reciente Reporte de Competitividad Global del Foro Económico Mundial, en el que aparecemos en la posición general 64 de 140, pinta una historia de terror en cuanto a la preparación de nuestra fuerza laboral. En el subíndice sobre destrezas de personas graduadas somos el país número 91 de 140, a niveles similares de Mali, Honduras, Camerún y Botsuana. En el subíndice de facilidad para encontrar personal estamos en la vergonzosa posición 119 de 140, cerca de Bolivia, Namibia y Sierra Leona. Nadie duda que debemos mejorar urgentemente las capacidades educativas de nuestro país, pero este es un esfuerzo que puede tomar una generación. La única manera de acelerar la mejora es permitir que profesionales extranjeros que decidan adoptar a nuestro país como residencia permanente traigan y transmitan a panameños lo que Hausmann llama “conocimiento productivo” o know-how. Más que los años de escolaridad, el desarrollo es determinado por el conocimiento productivo que tiene una sociedad, y en Panamá hemos decidido cerrar la puerta a esto. La gran mayoría del conocimiento productivo de un ingeniero eléctrico, por ejemplo, no se adquiere en las aulas de clases, sino trabajando en clusters innovadores de nivel global o compañías de primer nivel como Apple, Amazon y otras. Nuestra negación a que personas que decidan establecerse de forma permanente en Panamá a ejercer estas profesiones, equivale a rechazar todo el conocimiento productivo que podrían poner al servicio de empresas y colegas panameños.
Como tercer punto, la digitalización está borrando cada vez más rápido las fronteras de por sí. Es una irresponsabilidad con los profesionales de nuestro país no prepararlos para la competencia global que será inevitable promoviendo una apertura controlada a la competencia internacional. Entre más digitales sean los servicios, menos necesidad tendremos los individuos y empresas de limitarnos a contratar profesionales panameños en muchísimas áreas. Esta digitalización, que es inevitable, implicará que ya no será necesario mudarse o establecerse en Panamá trayendo el codiciado conocimiento productivo.
Como último punto, estamos sacrificando de forma espectacular la calidad de servicios de importancia básica, en especial la educación de nuestra población. Para ser profesor de escuela pública es necesario ser panameño como regla general. Para ser catedrático de la Universidad de Panamá debes ser panameño. Si un Premio Nobel se estableciera en Panamá, no podría ser catedrático en esta universidad porque sus opciones serían solo ser profesor invitado o profesor visitante.
Además de, vergonzosamente, crear una casta inferior de ciudadanos, nuestro país está cometiendo un increíble suicidio competitivo al rechazar que extranjeros compartan su conocimiento productivo con nuestros profesionales. ¡Espero que no decidamos cambiar de opinión demasiado tarde!
El autor es economista y financista
