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Cuidar a los que nos cuidan

Cuidar a los que nos cuidan
Sé que se ha visto enfermeras llorando en un rincón de hospitales. Que el cansancio del alma se ve en las miradas de muchas. Archivo.

El 9 de marzo de 2020, recibimos la noticia cuyo impacto futuro era inimaginable; aquel día iniciaba el mayor y más importante reto al que nos hemos enfrentado durante nuestra vida, mayor que cualquier crisis humanitaria, con severas consecuencias en materia de salud, socioeconómicas y de convivencia como la conocíamos hasta entonces. Conceptos como “confinamientos”, “uso obligatorio de mascarillas” y “distanciamiento social” eran desconocidos, mientras nos afanábamos en una cuasi esterilización hasta de nosotros mismos. La primera muerte fue confirmada el 10 de marzo de 2020, al tiempo que iniciaba la alarmante contagiosidad y letalidad que sacudió el mundo entero, sin importar si se trataba de una gran potencia o de un país en desarrollo. Tanto nuestra comunidad científica como los ciudadanos tuvimos que aprender a enfrentar un enemigo implacable, al tiempo que una muralla infranqueable nos separaba de nuestros seres queridos. Se tomaron medidas como el establecimiento de toque de queda, cordones sanitarios, cuarentenas, suspensión de clases, cierre de cines, teatros, restaurantes, discotecas y gimnasios, prohibición de eventos masivos, uso obligatorio de mascarillas en lugares públicos, algunas de las cuales se han ido flexibilizando, sin volver a la normalidad que solíamos conocer. Tanto en el sector público como en el privado, se implementó el teletrabajo para limitar la movilización y consecuente posibilidad de contagio.

Todos somos víctimas de la catástrofe pandémica que a algunos nos arrancó la vida de un ser querido, pero como suele suceder con todos los males, la opresión, la fatiga, el sacrificio ha sido más severo para unos que para otros.

Con éste escrito honro al colectivo profesional más afectado de la sociedad: enfermeras y enfermeros comprometidos a un turno con vidas humanas literalmente entre sus manos; mujeres y hombres que no pueden desprenderse del dolor, el miedo, la angustia permanente en que transcurren sus jornadas día y noche. Mientras nosotros nos desplazamos a campos, playas, parques, despejamos mente, cuerpo y espíritu, ellos, en tensión permanente, llevan inmerso en su psique miradas, gritos callados, ruegos mudos de “sálveme”, “dígales que los quiero”, “tengo miedo”, “no me deje solo”.

Los bien llamados ángeles llevan grabado en el alma profundas emociones imposibles de dejar atrás al quitarse el uniforme de sofisticado equipo que no les protege mental ni emocionalmente.

Están física y psíquicamente agotados. Es terrible la afectación a que está sometida la salud mental de quienes vigilan, alivian, consuelan y aplican tratamientos a nuestros seres queridos, sin que nos pongamos en su piel, sin que seamos capaces de imaginarnos una hora en su lugar. Si bien es cierto que eligieron su profesión y hay una vocación que les llevó a decidir el modo en que se sustentarían, jamás imaginaron que estarían en la primera línea de combate contra un enemigo mortal, además, en riesgo permanente de su propio contagio.

Sé que se ha visto enfermeras llorando en un rincón de hospitales. Que el cansancio del alma se ve en las miradas de muchas. Que largos silencios llenan los espacios donde entraron vidas que no volverán a abrazar a sus familiares nunca más. ¿Cuánto nos importa la tristeza de quien ve morir a quien ha luchado por salvar? ¿Cuál es su situación real? ¿Cuáles son sus condiciones? ¿Se habrá alguno de ellos planteado dejar la profesión tras las intensas horas de esfuerzos físicos y sacudidas emocionales? ¿Les perseguirá en sueños el sufrimiento presenciado y compartido estando despiertos?

¿Cuántos fallecieron tras contagiarse ejerciendo su deber?

Algunas actividades que se reconocen con homenajes y discursos de alabanza en cadena nacional pueden ser recompensadas con ello.

Enfermeras y enfermeros merecen, como todos, el pago justo de su trabajo cuando corresponde, sin retrasos ni esperas que les lleven a reclamarlo en las calles y, por encima de todo, una comunidad entera -nosotros - que se pone en su piel, siente, comprende, agradece y está siempre dispuesta a cuidar a los que nos cuidan.

La autora es ciudadana


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