Supongo que debe ser una característica universal de la naturaleza humana el echar a los demás la culpa de lo que nos sucede. En la Grecia clásica eran los dioses, siempre entrometidos, los responsables de las miserias de héroes y simples ciudadanos; hoy tendemos a desacralizar el recurso utilizando un impersonal utilísimo: el de “la gente”, sin más. La gente, es decir, el conjunto de los otros, es culpable de que las calles estén sucias, de que el tráfico sea un espanto, de que los modales se hayan perdido e incluso de que la crisis nos fustigue las corvas porque, ya se sabe, la gente es muy suya y deja de consumir cuando más falta hace.
La figura viene de lejos; de los tiempos aquellos en que los filósofos comenzaron a reflexionar acerca de las ventajas de la propiedad privada y denostaron los pastos, los montes y los bosques a disposición de todos recurriendo al problema de los comunes, a la tendencia de la gente de no tratar con respeto y atención lo que no es sólo suyo sino propiedad de todos y, por tanto, al cuidado de los demás –que no bajo la responsabilidad de uno mismo– de cara a evitar su deterioro. Ha llovido desde entonces pero no puede decirse que haya cambiado mucho la situación. Los bancos de los parques, las aceras de las calles y las paredes de los edificios sufren el acoso de los vándalos. Es una consecuencia de la falta de educación de la gente, que hay que ver lo mal que se comporta.
El descargo puede servirse incluso de fórmulas trascendentes recurriendo al influjo de los astros, por ejemplo, como es habitual entre los aficionados a los horóscopos, y no digamos ya nada de la voluntad divina, solución excelente para no tener que cargar con culpa personal alguna. Pero también hay salida disponible si se siente alergia hacia la intervención de los espíritus. Ya que hablamos de alergias, los expertos en salud acaban de advertirnos acerca de las miserias que la primavera inminente nos reserva: cundirán las astenias en España, esas formas leves de depresión que llevan a que se pierdan las ganas de trabajar. Cabe, pues, echarle la culpa de nuestra pereza a las estaciones del año o al polen de las plantas. Un recurso, a decir verdad, magnífico.
Semejantes maravillas sirven también para exorcizar los males que nos acechan en mi país. En último término, el problema deriva de la existencia de ciertos políticos corruptos, que no son ni por asomo todos. Pues bien; el mecanismo perverso que conduce a que unos pocos aprovechados creen el caos político a su alrededor puede explicarse mediante fórmulas instantáneas de descargo de culpas. Porque, como es notorio, no son mis decisiones las que llevan al poder a quien no se lo merece, ni mis papeletas las que dan medios a quienes los usan para robarnos. Es la gente la culpable: aquella que vota al buen tuntún en vez de hacerlo de forma responsable, como hago –faltaría más– yo.