¿Qué nos hace distintos y al mismo tiempo iguales? Respuesta: la cultura. Somos las historias que contamos cada día y esas historias constituyen lo que somos. La cultura es la manera en que un individuo o un pueblo interpreta la vida, tanto en lo material como en lo espiritual. La palabra cultura es una de las palabras más importantes en la vida humana. Tan importante como la palabra ciencia o economía que, de hecho, son parte de la misma cultura. ¿Para qué nos sirve la cultura?
La cultura es una forma de medir nuestra calidad de vida. Nuestra salud espiritual y la felicidad dependen de nuestra cultura. El ser humano tiene necesidades que no son materiales, como: el amor, la solidaridad, la identidad, la religiosidad, etc. A este tipo de necesidades se le llama intangibles o espirituales. Quiero ayudarme del Manual básico del promotor cultural, de Guillermo Marín Ruiz, para reflexionar sobre los elementos de la cultura. “Por elementos se entiende los recursos de una cultura que resulta necesario poner en juego para formular y realizar un propósito social”, nos dice Guillermo Bonfil Batalla.
Cada comunidad ha elaborado, a través del tiempo, diversos “elementos” con los cuales mantener sus fiestas, tradiciones, usos y costumbres, “su forma de ser, hacer y entender el mundo y la vida”. Estos elementos están implícitos en todas las sociedades. Están los naturales y materiales, que son los que ha transformado el hombre. De los primeros señalaremos: la tierra, un bosque, un desierto, una playa. De los segundos: una iglesia, un puente, un sistema de riego.
Están los elementos de organización, que se refieren a las relaciones sociales sistematizadas que facilitan la participación de la comunidad, como las mayordomías, el tequio (pensemos en la junta en Panamá), las faenas, las cofradías, el sistema de cargos, la organización para la producción, las cooperativas y asociaciones. Los elementos de conocimientos, que se refieren a las experiencias asimiladas y sistematizadas, que han comprobado su eficacia para resolver problemas a través del tiempo, como la herbolaria, la forma de hacer la milpa, la manera de trabajar el barro o construir una casa.
Los elementos simbólicos, códigos de comunicación y representación, signos y símbolos, como: rituales en los atrios de las iglesias, canciones y bailes, la forma de utilizar el vestuario, objetos de significación comunitaria. Están los elementos emotivos; sentimientos, valores y motivaciones compartidos: la subjetividad como recurso y como código existencial que nos identifica como sujetos.
La cultura es una dimensión transversal que cruza todas las esferas del conocimiento. Se encuentra en toda nuestra vida. En la salud y los deportes, por ejemplo, las dimensiones del cuerpo y sus valores están editadas por la cultura. Nuestro cuerpo es expresión de la cultura. Desde un piercing, un peinado, un tatuaje y hasta la forma en que nos vestimos, denotan nuestra cultura.
La cultura está en nuestra organización cotidiana, en la política y en el medio ambiente. Es la forma de criterio con la que vemos y construimos posibilidades, con la que resolvemos conflictos y pensamos en soluciones. La cultura define nuestra identidad, incluso, la imagen personal de esa identidad. Por eso, Néstor García Canclini escribió que “la identidad es una construcción que se relata”. Estamos constantemente editando nuestra realidad cultural.
La identidad cultural es el espacio donde los seres humanos se encuentran para compartir sus saberes, sus ideas, sus emociones, sus proyectos de vida, incluso sus problemas. Somos distintos y al mismo tiempo iguales, porque todos tenemos algo en común: la identidad cultural. La identidad cultural puede ser apreciada desde una perspectiva amplia que nos lleva a pensarla como modo de vida. No hay dos culturas iguales, a lo sumo parecidas. Todo pueblo o grupo social tiene una cultura propia y por ende una identidad cultural. No hay culturas superiores, ni inferiores, sólo distintas, aunque los malos hábitos de algunos ciudadanos afean a ciertos grupos o sociedades y el progreso de unas sea mejor que otras.
Todos somos distintos y al mismo tiempo parecidos cuando pensamos en la cultura. Etnia, pueblo o nación, todos tienen cultura. Pensemos en las identidades juveniles, por ejemplo. La juventud es una construcción social con representaciones simbólicas y una identidad propias. La juventud se construye desde diversas articulaciones de la realidad social, nos dice José Manuel Valenzuela Arce. Los jóvenes influyen y son influidos por procesos que expresan los cambios que viven nuestras sociedades. Las juventudes son construcciones heterogéneas. Las identidades juveniles son vulnerables y, al mismo tiempo, creativas.
Los jóvenes forman parte de la sociedad y participan en el complejo entramado social del cual son (re)productores, (re)creadores, y (re)presentadores, añade Valenzuela. Por eso, a la hora de hacer intervenciones de animación sociocultural en sus entornos, resulta indispensable conocer los procesos de estructuración familiar, el tipo de relación de los jóvenes con la escuela, el barrio, su adscripción o proscripción a otros grupos de clases, géneros o étnia, sus prácticas e identificaciones, sus cambios, sus gustos y valores, sus códigos existenciales de supervivencia; la definición de sus expectativas de vida y esperanza, sus proyectos de vida sus sueños. Hay que saber escuchar a los jóvenes y niños.
Los jóvenes y niños constituyen formas de participación colectiva y otros sentidos culturales que no son tomados en cuenta. Los mediadores del sector cultura y educación tenemos el compromiso de ayudar a generar información adecuada sobre los jóvenes que sirva para redefinir estrategias de políticas sociales y culturales en las que los jóvenes tengan voz. Los jóvenes y niños nos pueden ayudar a identificar conflictos y, al mismo tiempo, resolverlos y esto se logra construyendo con ellos ciudadanía.
El autor es escritor


