“Un sábado en la mañana…”, recuerda Thomas Thompson, en los tempranos años 60 del siglo 20, en el St. Lukes Hospital, en Houston, Texas, durante la presentación de un paciente con un corazón hecho piltrafa, uno de los cirujanos más jóvenes allí presente, con brusco entusiasmo -algo así como aquel “¡eureka!”, de Arquímedes- gritó: “Trasplántenlo, cósanle un corazón nuevo”.
Al preguntarle dónde encontrarían ese corazón, la respuesta no fue menos abrupta y chocante: “movamos el salón de operaciones a la cárcel de Huntsville. Consigamos el permiso para extraerle el corazón después de muerto a uno de los condenados y, apenas fallezca en la silla eléctrica, se le extrae inmediatamente para nuestro paciente”. Huntsville era una cárcel muy activa con la pena de muerte.
Entonces, la escasez de donantes de corazón originaba toda clase de propuestas, no solo absurdas sino de discutible calidad ética. Hoy, en Estados Unidos, hay cerca de 110,000 personas en lista para recibir un órgano donado y mueren 17 personas diariamente esperándolo.
Desde los cientos de trasplantes de corazón en perros por el doctor Norman Shumway, en Stanford, California, como la preparación para el primer trasplante entre humanos, pasando por aquella cirugía de corazón de chimpancé a hombre, por el doctor James Hardy, en Mississippi, en 1963, al sorpresivo primer trasplante de corazón del que un humano, Louis Washkansky, despertó el 2 de diciembre de 1967, junto a su cirujano el doctor Christiaan Barnard, en Cape Town, Sudáfrica, el trasplante de corazón llegó al corazón de todos.
La ingeniería genética para el xenotrasplante es una respuesta a la dificultad por obtener órganos humanos, pero se enfrenta a tres interrogantes sobre la tecnología, el bienestar del animal y la idea de que los humanos no deben utilizar este instrumento. Aparte de alterar genes del animal donante, esta tecnología obliga a atender consideraciones bioéticas, modificar políticas sobre trasplantes y superar disparidades en la atención de salud.
El genoma del porcino está roseado de retrovirus endógenos, por lo que se debe criar en un medio libre de gérmenes. Para David Bennett, por primera vez el cirujano Bartley Griffith utilizó el corazón de un cerdo nuevo, diseñado con 10 alteraciones genéticas, entre ellas contra el rechazo y el agrandamiento del corazón. ¿Fue o no fue un ensayo clínico?
El cirujano David Cooper, en 1993 descubría en el cerdo una molécula de azúcar, la alfa-1.3 galactosa o alfa gal, que puede producir el rechazo de órganos en asunto de minutos. Era necesario bloquear la enzima que facilita su formación, mediante una modificación del gen responsable. Y se logró el cerdo transgénico “GalSafe”, criado en un medio sin gérmenes. El trasplante del 7 de enero de 2022 fue una medida de urgencia autorizada, para un hombre que moría con una falla cardíaca terminal, pero a quien no se le prometió beneficio alguno.
El trasplante de órganos nació, así lo señala Eric Trump, por el deseo de producir vida desde la muerte, nada difícil de aceptar como tentación de “jugar a Dios”. Para una madre, oír el latido del corazón de su hijo en el pecho de otro sí es un milagro. Para el receptor de un corazón humano, volver a nacer no es otra cosa que la muerte de otro. Graves consideraciones bióticas se embarcan en estos viajes.
En la larga lista de moribundos por un trasplante, coexiste una larga lista de preguntas con respecto al xerotrasplante. ¿Fue o no fue un ensayo lo de David Bennett, esta pasada semana? Si no puede asegurarse beneficio, ¿se debe ofrecer? ¿Está probada la seguridad para el receptor? ¿Romperá esta tecnología, la fila de quienes esperan un trasplante humano? ¿Cuáles serán los requisitos para ser receptor de un órgano de otra especie? ¿Cuán informado sería el consentimiento?
Ya amaneció. Veamos.
El autor es médico pediatra y neonatólogo

