Desde la época prehistórica, los humanos han preparado pociones y brebajes cuyas recetas han pasado de generación en generación. Para el año 1500 antes de Cristo, los egipcios documentaron en el Papiro de Ebers -el texto de medicina más antiguo conocido- medicinas y venenos como el plomo y el opio. Posteriormente, griegos y romanos también desarrollaron conocimientos de medicinas y venenos, para bien y para mal.
Ya en el Renacimiento, Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim, más conocido como “Paracelso”, comenzó a utilizar venenos conocidos para el tratamiento de enfermedades. Aunque esto le causó problemas, su trabajo derivó en conclusiones revolucionarias que se mantienen hoy en día, por lo que se le denomina “el padre de la toxicología”.
La toxicología estudia los efectos negativos de elementos químicos en los seres vivos, sean naturales (provenientes de plantas o animales) o sintéticos (fabricados por humanos). Para comprender tales “efectos negativos”, vale recordar que, en el siglo XVI, Paracelso planteó que “todo es veneno y nada es veneno, sólo la dosis hace el veneno.”
En efecto, cualquier químico tiene el potencial de producir malestar, lesión, daño o muerte. La diferencia se encuentra en la cantidad de químico o sustancia que se ingiera, respire o entre en contacto con la piel u ojos. Como resultado, muchos toxicólogos trabajan en laboratorios determinando la cantidad de químico o sustancia en que una persona pueda sentir malestar, sufrir lesiones, daño y morir.
La toxicología conjuga conocimientos de diferentes ciencias como biología, química, y bioquímica, por lo que se ha convertido en una carrera con diversas especialidades. Dos de las más reconocidas son la toxicología clínica, que busca salvar la vida de pacientes expuestos a sustancias tóxicas, y la toxicología forense, dedicada a determinar cómo falleció la persona.
A esto se agrega que los resultados obtenidos en los laboratorios son utilizados por los colegas de toxicología reguladora y evaluación de riesgos, quienes trabajan para el desarrollo de estándares internacionales, leyes y otros instrumentos legales para diversas industrias como la de alimentos, cosméticos, médicos, salud en el trabajo y salud ambiental. En toda actividad productiva, nuestra labor es una: hacer del mundo un lugar más seguro y saludable.
La autora es toxicóloga, exbecaria de Senacyt y miembro de Ciencia en Panamá
