Ya no disfruto como solía la lectura diaria de los periódicos, que con cada sorbo de café y pan tostado, me entretenían, enriquecían mis conocimientos y aprendía algo bueno de mi país o del mundo. Ya las pocas noticias positivas, educativas o interesantes que me valían de conversa en las tertulias y para acompañar sobre mesa se dilapidan entre denuncias, asesinatos, corrupción, robos, paros, traiciones o calumnias. Ahora, cuando me reúno con mis nueve nietos, tristemente tengo que recurrir a mis recuerdos de la patria boba, esa donde las puertas solo se cerraban antes de acostarse, donde el apretar de manos era más valioso que un contrato notariado, donde se respetaba sin distingo a los adultos, al maestro, a la autoridad y a los padres, esa patria boba donde las primeras normas y valores cívicos y morales se enseñaban y aplicaban estrictamente en casa por el jefe o jefa de familia; allí aprendí que tanto los logros como las faltas tienen consecuencias positivas o negativas y teníamos que afrontarlas.
¿Dónde perdimos esa calidad de vida, esos valores?
Para mí, hemos ido de una forma u otra relajando el control sobre las actividades de nuestros hijos y nietos por tantos compromisos, pereza o conveniencia, siendo cada día más permisivos y cediéndole a la tecnología y, en especial, a las redes sociales la conquista de ese espacio en el hogar y ellos en una especie de encierro cibernético lo están sustituyendo por el tiempo de calidad que compartíamos en familia. Hoy, ningún país escapa de esta calamidad y las falsas o morbosas noticias están dividiendo internamente las sociedades y por tanto reina con mayor impunidad la anarquía, el hambre, el ateísmo, la corrupción, los anti valores, creando un pésimo ejemplo que trasciende las cúpulas de algunos organismos internacionales de los que somos miembros y estos a su vez tratan de imponernos algunas ideologías contrarias a nuestras costumbres, Constitución y derechos soberanos. Hoy nos vemos sorprendidos y a merced del fulminante estallido de la tecnología digital y robótica que está cambiando día a día nuestra forma de convivir, aprender, trabajar, producir y relacionarnos social y políticamente y que las grandes potencias nos empujan a adoptar esa supuesta panacea que resolverá todos los problemas del mundo moderno y que realmente los países en desarrollo no tenemos idea como vamos a controlar o hasta donde nos controlará.
¿Ante lo anterior, qué podemos hacer?
Mediante el uso de esa misma tecnología, crear programas escolares obligatorios a los jóvenes que refuercen sus valores cívicos, morales y religiosos, tanto en el hogar como en los colegios. Tenemos que consolidar nuestra identidad histórica como país de servicio, sin ceder ante las amenazas de organismos internacionales y de los cárteles de países con listas grises y negras, cuyos gobiernos creen que nosotros les vamos a resolver sus falencias fiscales o presupuestarias. Hemos logrado un constante desarrollo en las últimas tres décadas, después de la dictadura, muy por encima de la media global, sin inflación y ahora esos mismos cárteles pretenden cambiar nuestro sistema económico y fiscal por ajenos que han reiteradamente fracasados en sus propios países. Los panameños no emigramos, no recibimos ayuda social de ningún organismo, pues nuestro salario mínimo e ingresos per cápita están por encima de la media en toda la región, somos solidarios, acogemos y damos trabajo en empresas y hogares a cientos de miles de nuestros vecinos y no les restringimos el envío de divisas a sus familiares.
En pocas palabras, nuestro sistema fiscal y de libre empresa funciona bien y no necesitamos el rescate de ningún gobierno extranjero o mesías con ideologías trasnochadas que destruyan lo que hemos logrado. Pongamos nuestra energía en mejorar la educación de nuestros hijos, fortalezcamos nuestra identidad de servicios y logística regional, organicemos en nuestras comunidades o gremios verdaderas cruzadas en contra de la corrupción y de la impunidad y escojamos bien a quienes elegimos para gerenciar nuestras instituciones. Como están las cosas hoy, solo con corregir lo que ya tenemos, de seguro en las próximas dos décadas seremos el “Pequeño Gigante Latinoamericano”.
El autor es empresario