En estos días calurosos y pesados del mes de abril, el mes más cruel según la poesía de T. S. Eliot, acercarse a una librería con acondicionador de aire es un alivio y un subterfugio para sentirse uno rodeado de una atmósfera agradable, con una taza de café en la mano y una bella joven miembro del Club de la Tacita de Café.
Hacía tiempo no visitaba la librería Exedra Books , uno de esos lugares al que suelo acercarme para mirar y comprar libros, y debo confesar que mis ojos pudieron atestiguar, con una gran dosis de asombro, la gran cantidad de novedades de libros que estaban en exhibición en los anaqueles y las mesas. Aunque en realidad yo había leído artículos de Mario Vargas Llosa y Umberto Eco sobre la improbable desaparición del libro, pensaba que paulatinamente el libro iba a entregar su alma al creador en poco tiempo ante el advenimiento de los libros digitales, pero en la realidad no ha cesado la producción de libros cada vez más atractivos y sugerentes.
No obstante, que ya tengo cierto camino recorrido en la avanzada tecnológica (por esta vía pude conseguir algunas novelas de Murakami y Paul Auster), todavía conservo ejemplares de libros que fueron muy caros a mis sueños y mis fantasías, con algunas leves señales de manchas de carimañolas o de algún pastelito de salmón.
Aunque me solazo con los endecasílabos de Jorge Luis Borges en las bellas ediciones españolas, no dejo de sentirme transportado a otro mundo cuando leo los perfectos endecasílabos de Publio Ovidio Nasón, traducidos por el poeta Meco Fábrega, que ha puesto a mi disposición a través de su red amiga.
Si me hubiera tocado vivir en un mundo sensible y culto, no hubiera podido conservar el libro de poesías de Demetrio Korsi intitulado El tiempo se perdía y todo era lo mismo, que luce en una de las esquinas de la portada una mancha de café que accidentalmente se derramó cuando el poeta me escribía la dedicatoria del libro.
Existe una figura que los tiempos actuales han borrado del mapa y sobre el cual la cibernética colaboró con su desaparición. Se trata de ese personaje que muchos recordarán y al que bautizamos como “sobaco ilustrado”, que caminaba y paseaba con varios libros bajo el brazo para hacer ver que era un eminente intelectual. En este mundo que encuentro ya dañado por la falta de humanidad y de horrendos crímenes, no hace mucho que dejé abandonado mi proyecto de un libro mío anecdótico que había intitulado Váyanse todos para el carajo. Pero quizás el factor que me decidió a no publicar el libro, se debió a la locura que existe en el mundo de la producción de toneladas de libros que salen a la luz, por lo que yo decidí ponerle punto final a mi aventura literaria. Ahora preparo mi garganta para intervenir en el concurso “Cántela conmigo” para mayores de 50 años.
