[CRISIS EN HONDURAS]

La democracia pendiente

Algunos presidentes latinoamericanos cambian las reglas del juego para eternizarse en el poder. Un ejemplo, Chávez en 1998 prometió que entregaría el poder en cinco años. Mintió.

La crisis política en Honduras tuvo su origen en la preocupación de muchos hondureños de que su país se convirtiera en otra Venezuela. Cierto o no, eso desencadenó el derrocamiento de un presidente. Temían que Manuel Zelaya buscara reelegirse de una manera ilegal y que Honduras tuviera un gobierno autoritario. Y lo echaron.

Estas son las conclusiones que saqué tras una conversación desde Tegucigalpa con el presidente interino de Honduras, Roberto Micheletti. La solución –sacar a Zelaya con los militares y no con un juicio– aisló a Honduras del mundo y fue vista por la ONU y la OEA como una flagrante violación a la democracia. Micheletti no ha sido reconocido como presidente por ningún país.

Cuando le comenté sobre estos temores de los hondureños al depuesto presidente Manuel Zelaya, me dijo en una entrevista desde Panamá que esos miedos no justificaban un golpe de Estado. Él sigue insistiendo en que nunca buscó reelegirse. Sin embargo, la actual crisis en Honduras sí resalta, al menos por contagio, la enorme tensión que está causando la ola de reelecciones en América Latina.

Imagine esto. Se está jugando la final de un torneo de fútbol y, de pronto, uno de los equipos dice que en lugar de 90 minutos quiere alargar el juego para que dure 135 minutos o hasta que ellos quieran. Absurdo. Abusivo. Antidemocrático. Eso mismo está pasando en varias naciones de América Latina.

A la mitad del partido, algunos presidentes latinoamericanos están cambiando las reglas del juego para eternizarse en el poder. Y como tienen todos los recursos del Estado a su disposición, y la atención de los medios de comunicación, han tenido éxito en sus maniobras para realizar consultas populares y cambiar la Constitución a su favor.

El caso más claro es el del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien en 1998 prometió que entregaría el poder en cinco años. Mintió. Ya lleva el doble y amenaza con amarrarse a la presidencia muchos años más.

Pero la “reeleccionitis” ha tocado a varios presidentes más. El presidente de Ecuador ya se reeligió. El presidente de Bolivia podría reelegirse a finales de año. El presidente de República Dominicana podría regresar al poder luego de cuatro años fuera. Al presidente de Nicaragua le gustaría que hubiera reelección en su país, y advirtió: “Si Dios me da vida, aceptaría ser presidente o primer ministro”. Y el presidente de Colombia está considerando lanzarse para un tercer período en el poder.

¿Acaso no hay jóvenes lo suficientemente capaces en Venezuela, Ecuador, Bolivia, República Dominicana, Nicaragua y Colombia que pudieran reemplazar a los actuales presidentes? Desde luego que sí. “Si nos dejan”, como dice la canción.

El problema para nuestras democracias latinoamericanas es cuando estos presidentes se consideran indispensables. Y es tan grave cuando lo hace un presidente de izquierda, como Chávez, como cuando se trata de un presidente de derecha, como Álvaro Uribe, de Colombia.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa es quien ha denunciado este fenómeno de la manera más clara. Le dijo a una estación de radio colombiana que sería “lamentable” que Uribe buscara un tercer gobierno. Y luego criticó a todos. Dijo que las reelecciones son un nuevo “deporte” para los presidentes de América Latina.

En Latinoamérica todavía existe la falsa idea de que el ganador de las elecciones se convierte en todopoderoso, como si se tratara de un tlatoani azteca o de un virrey español en época de la conquista. Muchos presidentes, luego de ganar las votaciones, creen que pueden actuar por encima de la ley y hacer de la Constitución un espagueti. Y eso no debe ser así. Eso es dejar pendiente la democracia.

“Las elecciones solas no crean una verdadera democracia”, les recordó hace poco, en El Cairo, el presidente Barack Obama a los líderes del mundo árabe. Y es cierto. Además de realizar elecciones multipartidistas, las verdaderas democracias son justas, respetan los derechos humanos y las libertades individuales y, sobre todo, sus líderes entregan el poder exactamente cuando se comprometieron a hacerlo. Ni un minuto después.

Estados Unidos puede ser muy criticable por la manera en que en el pasado ha actuado con otros países. Basta un ligero repaso de sus invasiones e intervenciones en la historia reciente de América Latina. Pero hacia dentro, EU ha sido un fiero defensor de su democracia.

Desde su fundación en 1776 siempre ha existido un pacífico y ordenado cambio de poder de un presidente a otro. No ha habido un solo golpe de Estado. Y ningún presidente norteamericano se atrevería a cambiar las reglas del juego democrático a la mitad de su mandato.

“A mí me encantó ser presidente”, dijo hace poco el ex presidente Bill Clinton al diario The New York Times. “Pero tenemos un límite constitucional y yo sabía eso desde un principio”.

Jamás se le hubiera ocurrido a Clinton proponer un cambio a la Constitución, a la mitad de su mandato, para quedarse un tercer período presidencial. Desafortunadamente no se puede decir lo mismo de las aún frágiles democracias latinoamericanas. Mucho se ha logrado, es cierto, al dejar atrás la época de las dictaduras, los caudillos y las siete décadas en el poder del Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano. Pero el peligro de regresar a gobiernos autoritarios sigue latente.

Si nuestros presidentes elegidos democráticamente empiezan a jugar al dictador, perderemos todo el terreno ganado durante décadas.


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