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Democracias en peligro

El día antes del asalto al Capitolio, recibí un e-mail de mi universidad, ubicada en Washington D.C., reportando que la alcaldesa de la capital norteamericana había recomendado no ir al centro de la ciudad debido a la inminente protesta convocada por el presidente Trump en contra de la certificación electoral. Una parte de mí pensó que quizá estaban exagerando. Los simpatizantes de Trump ya habían marchado dos veces en los últimos meses y no hubo mayores disturbios.

Nunca tuve dudas de que la “causa” promovida por Trump y sus secuaces en las últimas semanas era extremadamente peligrosa. Desde que anunció su campaña, fui consciente del peligro que Trump podría representar para la democracia de Estados Unidos. Sin embargo, traté de no sumarme a las reacciones más apocalípticas de sus detractores, incluyendo las analogías a Hitler, Stalin o Mussolini. Estas comparaciones siguen siendo falsas, pero los eventos de este 6 de enero fueron un claro ejemplo de los efectos nocivos que un líder como Trump pueden causar en el tejido social y el cuerpo político de un país.

La turba que atacó el templo de la democracia estadounidense no fue un hecho aislado. El impacto que tuvo Trump en este ataque es innegable. La marcha neonazi en Charlottesville, los tiroteos en una sinagoga de Pittsburgh y un Walmart de El Paso son parte de un listado de incidentes que ilustran el ambiente social que la retórica conspiratoria y de odio de la órbita trumpista fomentó.

Sin embargo, era posible argumentar que el racismo, el antisemitismo y aquellos que asesinan en base al odio siempre han existido, y que los únicos responsables eran los autores de estos crímenes. El asalto al Congreso tiene otra dimensión. Podemos trazar una línea desde las acusaciones de fraude electoral al acoso de funcionarios electorales a los llamados a un “juicio por combate” o “salvar el país” expresados en el mitin previo a la entrada al Capitolio a las escenas más impactantes que vimos el 6 de enero de 2021.

Este trágico hito nos debe dejar aún mas conscientes de la fragilidad de nuestras democracias. Debemos prevenir la llegada al poder de aquellos que atacan sus instituciones y normas más básicas y pronunciarnos cuando algún líder en ejercicio se comporta de esta manera, incluso, si estamos de acuerdo con algunas de sus posiciones o políticas públicas. La democracia liberal más antigua se ha visto atacada. Mantengámonos atentos a los efectos que esto podrá tener en nuestro país y en el mundo.

El autor es estudiante de gobierno en la Universidad de Georgetown


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