Si el hombre fue creado a imagen y semejanza por un ser supremo, según las sagradas escrituras, entonces, ¿por qué los homosexuales y lesbianas son vistos por parte de la sociedad como seres aberrantes? ¿Por qué son señalados, perseguidos, despreciados, enjuiciados y hasta ejecutados? Simplemente, como usualmente suelen definir aquellos miembros de la sociedad: tanto el homosexualismo como el lesbianismo son prácticas anormales que atentan contra la moral de la sociedad, no más que pericias que son contrarias a la ley natural. ¿Naturalidad? ¿Moralidad?
La moral como parte de la ética social es norma fundamental para el equilibrio existencial entre las personas, la cual se aprende y se aplica, como también se aprende y se transmite de padre a hijos y, de forma lateral, los prejuicios y la discriminación.
Lamentablemente, la legislación de Panamá no reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo, aunque la Corte Suprema de Justicia debe resolver sendos recursos presentados ya por panameños que piden que sus matrimonios con parejas del mismo sexo sean reconocidos legalmente.
Mientras algunas personas piden respeto o legalidad, parte del resto de la sociedad sigue haciendo oídos sordos y ojos ciegos. En cuanto se habla de los derechos de la comunidad LGBT, se ven los grupos y organizaciones salir a marchar y alzar la voz en defensa a la familia. Sin embargo, muchos de esos que salen a etiquetar, en ocasiones, son los primeros en manchar el honor de la familia y, peor aún, mientras caminan de blanco, con carteles y megáfonos, desconocen la realidad que se vive bajo su propio techo. Ojalá se marchase con el mismo ímpetu por los diversos problemas que aquejan a la sociedad panameña y la consume como el óxido, como lo son los femicidios, el trabajo infantil, el derecho a una educación de mejor calidad, mejor atención médica, contra la corrupción, entre otros. Pero en cambio, la homofobia y la falta de objetividad de algunas personas pueden más que todo los verdaderos grandes problemas de la sociedad.
“Mi papá está en la marcha contra los derechos homosexuales, pero él ignora por completo que yo, su hijo, soy homosexual, y no sé cómo hacérselo saber. Cuando tengo citas con chicos, digo que son con chicas, y él ciegamente no me cuestiona”, son algunos de los muchos testimonios que se escuchan de aquellos hogares de paredes de cristal.
“Mi madre me pregunta cuándo me casaré, ya todos mis hermanos lo están, y solo esperan para ayudar a organizar mi boda. Pero no puedo decirles que yo, el orgullo de la familia, soy homosexual, y que cuando me voy de viajes de trabajo, suelo ir acompañado de un amigo muy especial”. Aún peor, “solo puedo verte entre las 12 y dos de la tarde. No quiero que mi mujer sospeche nada. No te enojes, quiero seguir viéndote, este es nuestro secreto, pero recuerda que tengo una familia”. Estas no son mentiras; son verdades. Realidades que tratan ser disfrazadas, y que siempre han estado presentes.
¿Qué es lo peor? Empujar a hombres y mujeres a vivir vidas que no les corresponden, a mentir y llevar dos máscaras, el realismo disfrazado del idealismo construido por una sociedad homofóbica que se avergüenza del hermano afeminado, que presiona y extorsiona con el miedo a escuchar el qué dirán, sin importar el daño que causan y la cadenas de mentiras y dobles vidas que muchas personas deben sostener sobre sus hombros por el simple hecho de evitar vivir entre las rejas de la prisión del miedo y del rechazo de quienes niegan los derechos de terceros. Hay quienes sostienen en que permitir este tipo de derecho abrirá la brecha al deseo de la adopción, abusos, exhibicionismo, en fin, abrir la caja de Pandora. Esa ya está abierta y como sociedad, muchos de los males son ignorados y hasta aplaudidos. Mientras tanto, Panamá sigue entre los últimos países en el continente en leyes que desfavorecen los derechos de personas lesbianas y homosexuales.
Según investigaciones, uno de cada 10 homosexuales es el afeminado; cuando usted vio pasar un afeminado (que en muchas ocasiones no es homosexual), pasaron otros nueve, y usted, el que comenta y critica entre murmullos y risitas burlonas, ni cuenta se ha dado. Por lo cual una conducta no define una orientación sexual, y mucho menos una orientación sexual define la calidad de un ser humano. Los derechos LGBT no van a destruir el papel de la familia; esta se destruye cuando se abusa de la propia familia, del cónyuge o de un hijo. Se destruye con la violencia, el engaño, la doble vida, el rechazo, la imposición, la mala educación, el odio, la discriminación y el desprecio.
El autor es estudiante de doctorado