Es común en estos días encontrarse con situaciones en las que el niño básicamente le da una cátedra al padre sobre sus derechos, y mas aún sobre la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, lo que ella contiene y en qué maneras y circunstancias pueden ser aplicados. Pienso que toda esta situación de derechos y deberes es lo que ha desencadenado esta desproporción en cuanto a procesos judiciales, que además de demostrar el poderío de un menor en estas situaciones, acarrea una serie de dificultades y desgastes emocionales para ambas partes.
Muchas veces estas declaraciones, leyes, tribunales, etc., desautorizan a los padres, y sus enseñanzas y reprimendas pierden validez porque el niño se siente amparado dentro del marco legal. Deseo dejar claro que no es que esté en desacuerdo con ellas, pero pienso que por el constante abuso se ha perdido la verdadera razón para la que han sido creadas estas leyes.
Desde la Convención sobre los Derechos del Niño hasta cualquier ley dictada en determinado país en relación a los menores de edad, se recoge el principio fundamental de la imposición del interés superior del menor en cualquier decisión que se adopte; lo que lleva a pensar que quién mejor para saber lo que le conviene a un hijo que sus propios padres.
Es hora de hacer un llamado a las autoridades y a la sociedad para que dejen trabajar a los padres en la educación de sus hijos, que a través del tiempo se ha comprobado que esta fórmula funciona. Si la educación comienza en la casa, entonces podemos esperar que en otros lugares -y con esto me refiero a colegios, trabajo, con la sociedad en general- el comportamiento será parecido.
El objetivo es evitar la avalancha de querellas de hijos contra padres para hacer valer lo que esos hijos consideran sus derechos inapelables, que se está viviendo aquí y en otros países, basándose en artículos y leyes que fueron creados para evitar situaciones de riesgo y abuso hacia los menores de edad en circunstancias especialmente difíciles.
El incremento de estos procesos es el resultado del aumento considerable en la sociedad actual de los derechos de los jóvenes y de la lógica generalizada del "tengo derecho a ...". Lo curioso de la situación que es los niños y jóvenes son muy diestros y capaces de invocar sus derechos, pero raramente saben que también tienen deberes, como el respeto a los padres, obediencia, consideración, obligaciones dentro del hogar, etc. etc.
Hoy los padres se encuentran frente a jóvenes que tienen todos los poderes y que no dudan en apelar a la justicia para, a través de ella, resolver sus problemas.
Se debe volver a la estructura original en la que las principales enseñanzas de los niños eran dictadas por sus padres, sin permitir la injerencia de terceros en los asuntos íntimos de una familia. El Estado debe velar por la protección de los menores y garantizar su reconocimiento como sujeto de derecho, sin intervenir en la transmisión de valores éticos y morales que a través de generaciones han sido responsabilidad de los padres en el hogar.
