Respuesta sanitaria

Derechos Humanos, autoritarismo e infodemia

Producto de la pandemia de la Covid-19, la mayoría de los gobiernos del mundo han adoptado medidas excepcionales en el interés de mitigar los efectos del virus y reducir los casos de contagios. Dichas medidas excepcionales incluyen la suspensión y la limitación de ciertos derechos humanos y garantías fundamentales, así como el ejercicio de nuevas prerrogativas, bastante amplias, de vigilancia y control. Considerando las circunstancias actuales y la posibilidad de una segunda y tercera ola de brotes de la Covid-19, existe el riesgo de que el ejercicio de estos nuevos “poderes” se extiendan de forma prolongada, derivando en el autoritarismo estatal.

Lo anterior se debe, en buena medida, a que un sector importante de los Estados que presumen ser “exitosos” en el manejo de la pandemia lo han hecho mediante medidas restrictivas y coercitivas, amparándose en estructuras autoritarias preexistentes. Esto ha traído consigo la falsa suposición de que los Estados autoritarios están mejor capacitados para lidiar con la Covid-19, pues a mayor centralización, discreción y amplitud en el ejercicio del poder, más efectiva será la respuesta. Si atamos esta suposición a la respuesta ineficiente de los Estados con poca o nula institucionalidad y que adolecen de corrupción endémica, encontramos el sustento perfecto para la importación de modelos autoritarios.

En los Estados en donde no existen instituciones y normas robustas que protejan la privacidad del individuo, sus datos personales y sus derechos civiles, las medidas de vigilancia, seguimiento y control sanitario pueden traer consigo la vulneración sistemática y generalizada de derechos humanos.

No es difícil imaginar que la data recolectada a través de los mecanismos de reporte empresarial o la implementación de un sistema de seguimiento sanitario a través de cámaras termográficas en lugares públicos y el uso de teléfonos celulares para acceder a la localización de individuos, puedan también ser utilizados para el establecimiento de un sistema de vigilancia y control mucho más amplio e intrusivo.

Los modelos autoritarios exitosos imponen su propia narrativa a través de la maquinaria de propaganda estatal y sus mecanismos de censura. En la era digital, en donde la percepción es muy importante, los gobiernos buscan controlar los medios alternativos y utilizan las redes sociales para la desinformación. La expansión de la propaganda estatal, el uso de trolls y bots en las redes, la generación de contenidos alternos y el uso de co-ops o influencers, en momentos como estos, generan una infodemia en medio de la pandemia, promueven el miedo y justifican el resurgimiento y, en ocasiones, la consolidación del autoritarismo.

En circunstancias como éstas la garantía y la protección de los derechos humanos, debido a su transversalidad, es de carácter fundamental. Pues, tal como explicó Kenneth Roth, cualquier iniciativa de vigilancia sanitaria que no proteja la privacidad no incentiva a la cooperación por parte del individuo afectado. Es decir que a mayor respeto y garantía de los derechos humanos, más efectiva será la respuesta estatal a la pandemia.

Las medidas adoptadas a través del estado de excepción, urgencia, emergencia o cualquiera sea su denominación de turno, deben ser de carácter temporal, proporcional y no discriminatorio, de conformidad con lo dispuesto en los tratados y la jurisprudencia internacional. Estos límites son nuestra primera y principal línea de defensa contra cualquier tendencia autoritaria. Un sistema de pesos y contrapesos es necesario hoy más que nunca, pues es fundamental para garantizar la independencia del órgano legislativo y el órgano judicial, y que los medios de comunicación y la sociedad civil cumplan con sus respectivos roles de vigilancia.

El discurso estatal debe reinventarse constantemente, en el interés de cumplir con los más altos estándares de transparencia e institucionalidad, evitando a toda costa promover el miedo como instrumento de control. Los liderazgos del siglo XXI no pueden ser presa del populismo, del autoritarismo, del “Big Brother” o del Leviatán. La era digital ha puesto a prueba el balance que debe existir entre los derechos individuales y colectivos. La pandemia de la Covid-19 ha exacerbado la postura de ciertos Estados autoritarios quienes favorecen una visión alterna de los derechos humanos, llegando a cuestionar su transversalidad misma, en detrimento de ciertas libertades fundamentales. En circunstancias como éstas, el arte está en diseñar estructuras que beneficien a la colectividad pero que protejan al individuo, contrarrestando así el autoritarismo y la infodemia.

El autor es abogado y profesor de derecho internacional

Edición Impresa