Hoy resulta difícil de aceptar que los jóvenes espartanos en su entrenamiento como diestros guerreros eran inducidos a matar a los ilotas; como también es ilógico pensar que los sistemas judiciales de los siglos XII al XV permitían desmembrar a sus acusados en busca de una confesión. Quién no admitiría un crimen con tal de evitar tal sufrimiento, o morir incluso. Y es que la confesión fue elevada a la cima de la jerarquía de las pruebas, tan elevada, en verdad, que los juristas llamaban a la confesión, la reina de las pruebas (Peters, Edward,1987).
Comenzando con las revoluciones francesa y americana a finales del siglo XVIII, la idea de los derechos humanos ha inspirado más de un movimiento revolucionario encaminado a dar poder efectivo a los ciudadanos y control sobre los que ostentan el poder, en particular los gobiernos y sus instituciones. Así como no se necesita tener una exigente formación académica para entender el concepto de lo que es justo o no, solo se necesita un poco de sentido común y conciencia para diferenciar entre lo bueno y lo malo, lo justo e injusto; asimismo podemos aplicar esa capacidad de discernir cuando se trata de los derechos humanos.
Si una persona muere de hambre, sabemos que hay injusticia y violación de derechos; si a un preso lo torturan por medio de golpes y otros vejámenes, sabemos que hay abuso de poder y torturas; si vemos que un indigente duerme en la calle, sabemos que se está violando la dignidad humana. A lo mejor no sabemos en qué constitución, código, ley, artículo o numeral está consagrado el derecho que se vulnera, a lo mejor no sabemos describirlo siquiera con palabras exactas; pero somos seres pensantes, sensibles, compasivos, morales y con un sentimiento de justicia que nos parece natural.
Los derechos humanos hoy en día son el resultado de un largo proceso, de una lucha constante que data desde los principios de la humanidad misma, en su afán de mantener la identidad propia de su naturaleza; los humanos siempre hemos luchado por una mejor condición de vida, por la dignidad humana y todas las condiciones que hoy podemos disfrutar.
Este proceso no ha finalizado aún, podemos identificar los debates actuales que se dan para lograr el reconocimiento de nuevos derechos e igualdades de comunidades vulnerables, como los relacionados con el género; o la inminente llegada de los derechos de cuarta generación relacionados con el acceso a la información, seguridad digital y lo tecnológico.
Cada 10 de diciembre se celebra el Día de los Derechos Humanos, día en que, en 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de Derechos Humanos; aquí se proclaman los derechos inalienables que corresponden a toda persona como ser humano. La propulsora de este documento y mundialmente reconocida por ello fue Eleanor Roosevelt.
Pero me es obligatorio exponer también que fue un panameño, el Doctor Ricardo J. Alfaro, el primero en proponer, infructuosamente, que una declaración de derechos humanos fuera incorporada en el texto de la misma Carta de Naciones Unidas en 1945.
El papel del también expresidente de Panamá del 16 de enero de 1931 al 5 de junio de 1932, fue mucho más importante, este ilustre panameño participó en la redacción de 18 de los 30 artículos que constituyen este documento. Para dejar claro su gran legado, también fue el primer panameño en ocupar el puesto más grande que puede ostentar un abogado a nivel mundial, fue magistrado de la Corte Internacional de La Haya.
Panamá firmó como miembro de las Naciones Unidas el día 13 de noviembre de 1945, lo que la compromete al cumplimiento de todos los documentos que sean creados, firmados y posteriormente ratificados por el Estado, somos un país referente en la región en este aspecto. En este sentido, el Estado como sujeto pasivo de derechos humanos tiene el deber de reconocerlos y tutelarlos.
El autor es oficial del Servicio Nacional de Fronteras, magister especialista en seguridad y derechos humanos